Ya inmersos en el verano, este año se presenta ardiente, no solo por razones políticas, sino por el calentamiento global. Por ello, más que nunca, debemos utilizar el sentido común, dosificando la exposición a la luz solar.
La luz nos vivifica, libera de endorfinas y serotonina favoreciendo la actividad mental, activando la neuroplasticidad y elevando el humor eficiente. Por ello, cuando la luz aflora nos sentimos mejor, la mente se abre y se calma, nos inunda la positividad, controlando la ansiedad.
Luz reparadora
La luz es el detonante del ritmo circadiano, el ritmo interno de todos los organismos. Cuando la luz se atenúa, aparece el sueño, pero haber disfrutado de una luz diurna vivificante asegura reposo nocturno de mejor calidad.
La luz solar rejuvenece y con precaución es muy recomendable a todas las edades. Exponernos a los rayos solares, al menos 15 minutos al día, activa la producción de vitamina D y la absorción de calcio esenciales para fortalecer el sistema osteoesquelético y el nervioso.
Insolación y golpe de calor
A pesar de las propiedades beneficiosas de la luz solar, todos los excesos tienen efectos contraproducentes. La luz solar también calienta. Durante la canícula, si las temperaturas son excesivas, el cuerpo intenta mantener el equilibrio y eliminar esa energía a través de la sudoración. Sin embargo, sobre todo en niños y en personas mayores cuyos sistemas de equilibrio interno son menos estables, hay que evitar la exposición solar prolongada.
Permanecer en el exterior sin protección y sin precauciones puede dar lugar a insolación y al indeseable y alarmante golpe de calor. Sus síntomas incluyen malestar, vómitos, espasmos digestivos, dolor articular, sensación de ahogo, mareos, desmayos y caídas (lipotimia).
Medidas de protección
Es de sentido común permanecer a la sombra y resguardados de los rayos solares. Asimismo, evitar hacer ejercicio al aire libre en las horas de mayor exposición solar.
Si es inevitable salir al exterior, se recomienda: vestir ropas de color claro, que absorben menos los rayos solares; proteger la piel con cremas con alto índice de pantalla solar y, aunque haga calor, cubrirse el cuerpo, especialmente la cabeza, y tomar rápidas duchas frías, que refrescan el cuerpo y la mente.
Si se ha estado expuesto en demasía y se ha quemado la piel, cuando la quemadura es de bajo grado, se aconseja untar las partes afectadas con aceite de oliva, de coco o del árbol del té que tonifican, alivian el dolor y favorecen la reparación cutánea, evitando que se descame.
Cuando el calor acecha es necesario seguir una dieta nutritiva, ligera y saludable, acorde a las altas temperaturas. Como el cuerpo pierde fluidos por el sudor como remedio fisiológico para refrescar el cuerpo interiormente, la hidratación es esencial y debe ser consciente. Aunque no se tenga la sensación de estar sedientos, hay que hidratarse, lo mejor con agua, evitando los zumos comerciales que contengan mucho azúcar. En China y en Oriente Próximo se utiliza el zumo natural de sandía como bebida hidratante y diurética, y recomiendan comer sus negras semillas.
Pero, además, con el sudor también se pierden electrolitos como sodio, fosforo o potasio. Por ello, se deben tomar bebidas o alimentos que los aporten; por ejemplo, agua fresca, no demasiado fría, con un poco de limón o de vinagre de manzana. Hay que comer frutos secos o huevos, ricos en fósforo; aceitunas, apio o espinacas, ricas en sodio; o ciruelas pasas, naranjas, nueces o plátanos, ricos en potasio.
En los meses de verano, el sentido común es ley. Esta facultad humana, para orientarse de forma adecuada en la vida cotidiana, hace referencia a la lógica y a la prudencia para tomar las decisiones más acertadas en cada momento.
Recordad que el sentido común se somete a la crítica racional. Nos podemos equivocar, pero también aprender de los errores, siempre y cuando los reconozcamos. Aunque digan que el sentido común es el menos común de todos los sentidos, pongámoslo en práctica para evitar sustos y asegurar un verano saludable.
