La semana pasada saltó a la palestra de la conversación pública una situación muy concreta. Bajo el nombre de ‘curis’, aparecieron perfiles en redes sociales gestionados (en teoría) por adolescentes que se dedicaban a burlarse e incluso a amenazar a compañeros y profesores. Lo que (de nuevo, en teoría) comenzaba como una versión 2026 de los clásicos portales de cotilleos, habían dejado ‘el salseo’ para dar paso a la burla y la amenaza.
Mi pregunta ante esta situación es: ¿Qué esperabais que pasara? Les damos a los críos un arma (las redes sociales), cargada con munición (la IA) y les exponemos a un ambiente polarizado de cuya influencia no están exentos, aunque parezca que no prestan atención. Lo normal es que abran fuego.
La incuestionable falta de educación ética digital y de control sobre el uso que hacen los adolescentes del espacio digital y de las herramientas de inteligencia artificial es la guinda que le faltaba a este pastel.
Lo que me sorprende es, valga la redundancia, que nos pille por sorpresa. Hace décadas que el acoso escolar se trasladó a los entornos digitales con el ciberacoso. Con el ecosistema actual de las redes sociales y la IA generativa, este ciberacoso ha encontrado una nueva manera de existir. Ya no son solo acosadores grabando palizas dadas a sus víctimas o foros donde se les insulta en decenas de comentarios. Ya no necesitan exponerse, un avatar acosa por ellos. Ya no necesitan grabar a sus compañeros, la IA les ofrece ese material.
El resultado son situaciones tan graves como imágenes modificadas para mostrar desnudas a compañeras de clase (menores de edad, por cierto) hasta vídeos en los que se suplantan identidades para hacer a la víctima hacer o decir lo que uno quiera.
Aunque se redacten leyes en las que se persigue este acoso con más dureza, en mi opinión el problema siempre ha sido el mismo: el papel de padres y colegios en todo esto. A nadie le extraña la frase de ‘Son cosas de críos’, para no ver la realidad de una situación en la que puede ser nuestro hijo o hija el artífice del acoso. Tampoco le extraña a nadie la frase de ‘Si no lo hacen en el colegio no podemos hacer nada’, para no tener que tomar cartas en un asunto que pone de manifiesto la ya mencionada falta de educación ética digital que existe en los centros educativos españoles.
Hasta ahora, parece ser. Deja de ser cosa de críos y deja de estar fuera del alcance del colegio cuando el acoso o acosada es un profesor. No estoy, por supuesto, justificando los actos de estos acosadores, pero me llama la atención. Hasta ahora, la víctima de un acoso (así como ocurre con las víctimas de violencia de género) poco más que tenían que traer un dossier entero de pruebas para conseguir movilizar, aunque fuera un poco, al claustro de profesores. El resultado, incluso en estos casos, solía ser tibio e insuficiente: una charla con el acosador, cambiarlo de aula durante un período concreto o, incluso, enfrentar a acosador y acosado para ‘que hagan las paces’.
La cosa cambia, como digo, cuando el foco del acoso es un adulto y no un menor. Que están en peligro, dicen. Claro que sí, como he dicho, les hemos dado armas a los niños y adolescentes. Pero imaginad por un momento cómo de todavía más grave es ese peligro cuando el arma está apuntando a otro niño o adolescente.
La situación de los ‘curis’ me parece gravísima y que se debe atajar cuanto antes de la manera más rotunda y contundente posible. Si dependiera de mí, ya lo he dicho muchas veces, ningún menor de 16 años tendría siquiera acceso a las redes sociales o a herramientas de inteligencia artificial, y desde esa edad hasta la mayoría de edad, habiendo recibido una formación competente en el ámbito, consentiría que tuvieran un acceso limitado y controlado. Pero los ‘curis’ no son nada más que una nueva manifestación del larguísimo listado de fatídicas consecuencias que ha tenido, está teniendo y tendrá en el acceso a estas partes del mundo digital por parte de quienes no saben hacer uso. Igual que a un niño de 14 años no le pedimos un consumo responsable de alcohol ni le advertimos, dejando sobre su conciencia hacerlo o no hacerlo, de las consecuencias de fumar, pedirles que tengan la madurez para convivir en el entorno digital me parece de chiste.
Pero qué podemos esperar de los niños, si hasta los políticos están usando estas herramientas de inteligencia artificial generativa como armas en la campaña electoral. Pero ese es otro melón.

