
Al igual que el ejercicio físico continuado, y con mesura, tonifica los músculos y brinda agilidad al aparato locomotor, los ejercicios mentales son fundamentales para mantener el cerebro en forma. Entrenar la mente no solo promueve la creación de nuevas conexiones neuronales incrementando las ‘autopistas cerebrales’, sino que aumenta la neuroplasticidad (plasticidad cerebral), reduce el estrés emocional y fomenta la salud emocional. En definitiva, entrenar el cerebro como proceso continuo, estimula los procesos de la memoria, aumenta la rapidez mental, la capacidad de atención y de concentración, desarrolla sensaciones de bienestar y brinda calidad de vida.
Los ejercicios mentales, es decir, los acertijos, el ajedrez, el aprendizaje de ‘cosas nuevas’ como nuevas habilidades o idiomas, el cálculo mental, la lectura, el mindfulness, los pasatiempos artísticos, los rompecabezas, los sudoku, las técnicas de meditación o el tocar un instrumento son determinantes para la gestión emocional y para la salud integral. Además se ha demostrado que retrasan el deterioro cognitivo asociado a la edad. No es que su efecto se note de inmediato, en pocas semanas, sino que se ha demostrado que es preventivo de la neurodegeneración y, específicamente, de la demencia.
EFECTO A LARGO PLAZO
En la prevención de las demencias, las técnicas de entrenamiento mental son parte de las estrategias no farmacológicas. La recompensa que se obtiene a corto plazo con el entrenamiento cerebral va desde la sensación de bienestar, con mejora de la esfera emocional y de la calidad del sueño, a mejores resultados académicos y a mayor productividad.
Pero el premio que brinda el entrenamiento mental no se limita al momento, sino que se ha demostrado que puede reducir el riesgo de demencia. Esos resultados se basan en el estudio ACTIVE, una investigación en la que, durante 20 años (de 1999 a 2019), se siguió la evolución clínica a 2.800 personas de más de 65 años. A la mitad de esos adultos mayores, elegidos al azar, no se les dirigió ningún tipo de entrenamiento, pero a la otra mitad, también al azar, fue dividida en tres grupos que durante seis semanas recibieron diez sesiones de una hora a una hora y media, entrenando bien la memoria bien el razonamiento bien la velocidad de procesamiento. Este grupo recibió sesiones de refuerzo en los 3 años siguientes.
Uno de los entrenamientos se refería a detectar estímulos visuales y responder a las cuestiones planteadas. Además, en cada entrenamiento se aumentaba la complejidad para evitar que la persona solo se aprendiera la tarea y pudiera adaptarse. En cada sesión, no había tiempo para aburrirse porque continuamente se les mostraban aspectos nuevos que aprender. Esta particularidad fue de gran importancia por que el cerebro huye de la rutina. Al cerebro le gustan los retos y aprender cosas nuevas.
En 2019, 20 años después del inicio, se analizó quienes habían desarrollado algún tipo de deterioro cognitivo.
Del grupo control, sin intervención, habían desarrollado demencia el 49%, mientras que en el grupo que había recibido entrenamiento solo el 40%. Estos datos equivalen a una diferencia significativa del 25% de la incidencia. Estos hallazgos se explican porque ese mínimo entrenamiento les mejoró dos tipos de aprendizaje, el explícito y el implícito, reforzando el número de conexiones y de redes neuronales entre áreas cerebrales distantes, que eran necesarias para realizar las tareas complejas con éxito. Así, con ejercicios tan sencillos (y económicos) potenciaron ‘las autopistas cerebrales’ proporcionándoles “un colchón de seguridad” que cuando fueron perdiendo neuronas les permitió disminuir la vulnerabilidad para desarrollar la clínica de demencia. Ese grupo aumentó la resiliencia al tener suficientes conexiones entre las neuronas remanentes que permanecían. Estas neuronas que sobrevivían suplían la función de las que habían desaparecido.
Aunque existen múltiples medios para mejorar la función cerebral, entrenar la mente es un hábito que transforma el cerebro para vivir mejor, actuando tanto en la capacidad cognitiva como en el bienestar emocional. Y si se combina con hábitos saludables, desde la alimentación equilibrada y la buena higiene del sueño a actividades de socialización, se reduce la ansiedad, se mejora la memoria y se asegura un porvenir más sano y feliz.
Además, si se combina con ejercicio físico como bailar, caminar, nadar, gimnasio o cualquier tipo de deporte, el incremento de la oxigenación cerebral activa los circuitos cerebrales, segrega endorfinas de la felicidad y se crean nuevas neuronas y células de la glía.
El secreto para disfrutar de bienestar futuro está en nuestras manos. Pasa por desarrollar hábitos saludables y, cada día, entrenar el cuerpo y la mente, con espíritu optimista y positivo◙
