ESPECIAL MAYORES
Cada año, el 1 de octubre se celebra el Día Internacional de las Personas Mayores. Este sector de la población ha aumentado radicalmente en las últimas décadas, derivado del desarrollo de nuevas y mejores terapias. Carmelo Gómez, enfermero especialista en geriatría en el HCU Virgen de la Arrixaca y Catedrático en Humanización y cuidados a los mayores en la UCAM explica la situación y los retos de la tercera edad.
El aumento en la esperanza de vida, ¿ha producido algún cambio en el perfil de la persona mayor a nivel de las patologías?
CARMELO GÓMEZ: Sí, por supuesto. Muchas de las patologías que hace 25 o 30 años causaban la muerte de las personas, actualmente se han convertido en patologías crónicas. Hace 40 años la gente todavía se moría de complicaciones debidas a la diabetes, a la hipertensión arterial, no había el acceso a la medicación que tenemos hoy por hoy. En la actualidad la persona mayor vive más, durante más años, pero también lo hace a costa de una mayor dependencia como consecuencia de enfermedades, ya no tanto crónicas, sino patologías que van apareciendo en edades muy avanzadas, como, por ejemplo, la demencia.
¿Este cambio en el perfil de la persona mayor a nivel de patologías tiene diferencias en cuanto al género, por ejemplo?
C.G.: No. Antes había patologías que, por condición genética, afectaban más a hombres o a mujeres. Ahora mismo preferimos hablar de factores de riesgo. A pesar de ello, sí hay cierta diferencia en cuanto a morbimortalidad. Resultando, por ejemplo en que infarto de miocardio afecta más al hombre o el ictus que afecta más a la mujer. La demencia, en cambio, como la fragilidad afectan más o menos igual a hombres que mujeres. Si hay algo que nos iguala, lo más igualitario que podemos encontrar, es, desgraciadamente, la enfermedad, que no respeta edades ni sexos.
El hecho de que la población haya envejecido, pero que también lleguen con mejor estado de salud a la tercera edad y con mayor conocimiento, ¿cambia también el nivel de actitud o proactividad de la persona mayor para con sus cuidados?
C.G.: Sí, claro. El mayor, hoy por hoy, es mucho más consciente de las cosas que tiene que hacer para poder alcanzar una mayor esperanza de vida con buena salud. Mucho más.

Es cierto que todavía tenemos a esos mayores de 80 y pico años, que tienen muchos estereotipos negativos, relacionados, por ejemplo, con la medicación. Saben que están enfermos, saben que tienen que ir al médico, les mandan pastillas y muchas veces, o no se las toman, o bien se las toman incorrectamente por aquello de “es que son muchas pastillas”. Y hay falsos mitos que todavía las enfermeras tenemos que trabajar mucho para mejorar esa adherencia a los tratamientos.
También se ha comprobado que acuden más a los médicos y a las enfermeras de los centros de salud. Antes acudían mucho solo y exclusivamente a demanda, cuando ya estaban enfermos, y ahora empiezan a acudir más si se encuentran cansados, si hace tiempo que no se hacen analítica, etc. Vemos que ya tienen cierta sensación de que hay que prevenir antes que curar.
En el tema del deporte, ya se ve gente de 65-70 años haciendo ejercicios de fuerza y resistencia, saliendo al trote, yendo a gimnasio, aunque sea un poco en un rinconcito, pero usando el aparataje. Debemos señalar que es conveniente que el ejercicio siempre esté supervisado por un profesional sanitario y/o deportivo”.
Precisamente hablando de gimnasia adaptada y otras nuevas terapias. ¿Qué cambio ha producido esto en cuanto a los recursos que se les ofrecen a las personas mayores?
C.G.: Ha empezado, hace ya tiempo, a cambiar ese concepto sobre qué le ofrecemos a los mayores para prevenir. Antes, igualmente, había una visión de la enfermedad y de la salud muy concreta y, en función de eso, rondaba la planificación de los servicios sanitarios. Hoy por hoy, ante esa nueva visión del envejecimiento, los servicios sanitarios nos hemos tenido que adaptar para dar respuesta a esa nueva necesidad, como no puede ser de otra manera.
Cada vez es más evidente la necesidad en el ejercicio profesional de formación especializada, como es el caso de la enfermería especialista en geriatría. También, sobre todo, la prescripción, ya no tanto de fármaco o de una técnica concreta, sino de recomendaciones específicas relacionadas con los síndromes geriátricos.
En nuestra comunidad, en algunas áreas de salud, hay un programa precioso de la Consejería de Salud, que es el programa OTAGO, que se lleva acabo en Atención Primaria, y que se hace precisamente para prevenir caídas en un perfil de persona mayor muy concreto. Eso no estaba hace cinco años, lo cual nos dice que nos estamos adaptando para intentar dar mejor respuesta a esas situaciones de salud.
Abordando el tema de la fragilidad, ¿se puede prevenir la fragilidad en la tercera edad, o hace falta empezar antes para tener resultados?
C.G.: Es importante tener en cuenta que no existe una única forma de prevenir. Nosotros, en el entorno sanitario, hablamos de prevención primaria, cuando todavía no ha aparecido ningún problema, antes de que aparezca; prevención secundaria, cuando ha aparecido algún tipo de complicación, pero no queremos que haya muchas más complicaciones; y prevención terciaria, que es cuando hablamos de intentar la supervivencia, a pesar de todas las complicaciones que han ocurrido.
Dependiendo de la edad, hablaremos de primaria, secundaria o terciaria. Si estamos en la mediana edad, unos cincuenta años, tenemos que empezar a trabajar la prevención primaria. Yo, por ejemplo, cuando voy al gimnasio, además de ejercicios aeróbicos, hago ejercicios de esfuerzo y resistencia. Además de eso, intento mantenerme despierto, cognitivamente hablando. Intento leer cosas diferentes a las que leía hace, por ejemplo, cuatro años, intento seguir conectado con el mundo que me rodea.
Cuando se cumplen los 65 o 70 años, es posible que, si antes no has hecho algo de esto, tengas algún pequeño problema de salud o un factor de riesgo mucho más elevado. En ese punto tenemos que trabajar en otros mecanismos de prevención.
Por lo tanto, la fragilidad siempre se puede prevenir. Tenemos que tener en cuenta no todo es blanco o negro, por lo que debemos contextualizar la prevención en el entorno donde se producen los factores de riesgo de fragilidad.
Precisamente, hablando de empezar antes, ¿a qué edad podemos decir “a esta edad hay que empezar a tomárselo en serio si queremos llegar bien a mayores”?
C.G.: Bueno, pues depende de las distintas fuentes bibliográficas que consultemos. Nos hemos encontrado con que muchos de los mayores nonagenarios, e incluso octogenarios que están bien, han tenido trabajos duros y, además, una dieta mediterránea, porque era muy de huerta, era lo que tenían más cerca, y eso nos da pequeñas pistas.
Es cierto que hay cosas que deberíamos hacer desde muy jóvenes, a partir de los 30 años: los hábitos de vida que todos sabemos con la dieta mediterránea, desterrando la comida rá- pida que hemos visto que es catastrófica; el ejercicio físico adaptado a la edad y a la propia capacidad física, etc. Si hablamos de los huesos, a partir de los 30 y pico, más o menos, empieza a ser más complicado que el calcio se fije, por lo que tenemos que empezar a hacer una buena planificación física para que el hueso se mantenga fuerte.

Desde el punto de vista cognitivo, ahora sabemos que es a partir de los 50, de promedio, cuando el cerebro empieza a envejecer porque empieza a enlentecerse, a ‘acomodarse’ la función cerebral. A esa edad deberíamos empezar a buscar nuevas inquietudes, nuevos entretenimientos y tomárnoslo igual que nos tomamos el ejercicio físico, pero a nivel neuronal.
A nivel social, hemos visto que las relaciones sociales juegan un papel fundamental en el envejecimiento saludable. Hay que tener una buena red de apoyo social, hay que intentar disfrutar con la famili. Cuando no se tiene o no se puede hay que intentar tener una buena red de amigos, y ponernos un poquito retos a la hora de hacer cosas. Muchas de las pacientes que a veces acuden de 70 u 80 años, es gente que no sale de casa y te dicen cosas como “¿para qué voy a hacer eso a mi edad?” cuando les propones apuntarse a algo para conocer o estar con gente. Pero es fundamental. Porque, aunque tomes muchas pastillas y hagas pesas en tu casa para estar sano, si no tienes ningún tipo de relación social, la OMS ya advierte que este tipo de soledad está asociada con una mayor mortalidad.
Precisamente hablando del papel de las familias y del papel de los entornos, ¿hemos avanzado en materia de edadismo?, ¿todavía hay un gran estigma en este sentido?
C.G.: Hay un gran estigma, digan lo que digan, sigue habiendo un gran estigma en todas las esferas y en todos los sentidos. Es algo a lo que nos hemos acomodado, y que creo que hace falta un gran impulso, un gran cambio, que venga precisamente del propio sector de mayores. Todavía hay un grupo de mayores que padecen el edadismo, pero no tienen ese empuje suficiente para poder reivindicar un papel activo en la sociedad y un papel propio, sin actitudes paternalistas ni infantiles, que hoy por hoy es bastante prevalente. Tiene que llegar una generación de mayores que se plante y diga que esto no puede seguir así.
También creo que hay un edadismo en los medios de comunicación. Ahora, por ejemplo, que estamos hablando de la inflación económica, curiosamente sale al mismo tiempo otra noticia hablando de que tenemos que revalorizar las pensiones. ¿Por qué dicen esto? Pues porque en el fondo, hay algo así como una necesidad encubierta de poner a la sociedad en contra de un sector poblacional, como es el de los mayores. Pero es que este sector ya ha trabajado bastante en toda su vida, y muchos de ellos, como las mujeres en casa, criando hijos y trabajando sin poder darse de alta, para el sostenimiento familiar. Ellos son los que están sufriendo lo que ha venido a denominarse como pensión no contributiva, como si no hubiesen contribuido la sociedad.
Ese tipo de situaciones es edadismo puro y duro, y es institucional, porque estamos hablando de cómo la propia administración lo permite, y a veces, sin dar se cuenta, quiero pensar, lo llega a promover.
¿Qué actitudes son edadistas en nuestro día a día, aunque no nos demos cuenta de que lo son o no lo hagamos con mala intención?
C.G.: La principal actitud negativa es ese trato condescenciente. Hay que tener mucho en cuenta el lenguaje, la semántica. No son ‘abuelicos’, ‘yayos’ o ‘pobrecitos’, son tan personas como cualquiera de nosotros, nada más que con más arrugas y, por suerte para ellos, con mucha más experiencia. Ya solo por eso merecen más respeto y tenerles muchísimo más en cuenta socialmente.
Otro punto es incluirlos en todo tipo de estrategias, eventos, o mesas de trabajo, allá donde se pretenda hablar sobre ellos. Hoy por hoy nadie entiende que se vaya a hacer una mesa sobre estrategias en torno a la discapacidad y que no esté representado el sector de personas con discapacidad con personas discapacitadas. En cambio, cuando se habla de estrategias de mayores, se hacen congresos de mayores, los grandes ausentes siguen siendo los propios mayores. Esta es otra actitud edadista. Acabas de excluir, por los motivos que sean, pero los acabas de excluir.
¿Los mayores son también edadistas?
C.G.: Existe el autoedadismo. Muchos mayores tienen factores culturales previos, metidos dentro de su ser, que les hace pensar que ya no están para hacer según qué cosas, por ejemplo para tener un teléfono móvil, ya que algunos piensan que ‘no le pega’. Ese autoedadismo está muy relacionado con la dimensión psicológica de la persona, en concreto con el autoconcepto y la autoestima. Y tiene mucho que ver con eso que dijo Christine Lagarde de que el envejecimiento es un problema. Yo no veo que el envejecimiento sea un problema, el problema es cuando a los desafíos socioeconómicos que plantea el envejecimiento, por cierto de los que ya nos avisaba la OMS hace más de 40 años, no se les presta la atención que se merecen, por parte de la Administración, pero también por parte de los propios ciudadanos. El envejecimiento no es un problema, el envejecimiento es un hito de la humanidad. Es un éxito de cualquier sociedad que aspire a autoreferenciarse como del bienestar.
Pero para que ese envejecimiento exitoso ocurra hace falta una inversión en recursos sanitarios, como puede ser la especialidad en geriatría, que todavía son muy escasos en los sistemas públicos de salud, o las enfermeras especialistas, que seguimos siendo muy escasas, o incluso ausentes en los servicios públicos de salud. Por supuesto que también hay que invertir en plazas residenciales, pero la realidad es que solo el 5% de mayores de 65 años viven en una residencia. El otro 95% vive en su casa. Por esto hay que hacer una mayor inversión en otro tipo de servicios, que además son más baratos que una plaza residencial y que va a hacer que se retrase mucho el uso del sector sanitario y residencial.
Por lo tanto, yo creo que el envejecimiento, insisto, no es un problema, es un hito cumplido. Lo que hay que trabajar, y mucho, es el análisis que podemos hacer de la paradoja por la que todas las personas queramos vivir muchos años, llegar a mayores, y en cambio cuando llegas a mayor te sientas discriminado y solo. La sociedad en su conjunto debemos reflexionar acerca de los motivos por los que hacemos sentir a los mayores como una carga, como un estorbo, como ciudadanos de segunda, como si después de todo el esfuerzo para llegar a mayores ya no merezca la pena vivir. De ese análisis depende nuestro futuro como humanidad es cómo es posible que todas las personas queremos llegar a mayores, o no queremos morir jóvenes, pero cuando llegas a mayor, ¿qué tiene la sociedad que te hace ver como un estorbo, que te hace ver como un ciudadano de segunda, que te hace ver como que ya no merece la pena vivir?◙

