
La expedición que entre 1519 y 1522 logró completar la primera vuelta al mundo no fue solo un hito geográfico, político y económico, también fue un inmenso experimento involuntario sobre los límites del cuerpo humano, la fragilidad de la salud en condiciones extremas y la práctica médica en un entorno impredecible.
Pocas empresas sintetizan con tanta claridad lo que significaba cuidar la vida en el tránsito entre la medicina medieval y la renacentista como la que emprendieron Fernando de Magallanes y, más tarde, Juan Sebastián Elcano. A bordo convivían cirujanos, barberos, sangradores y hombres que, sin título, conocían remedios vegetales que habían aprendido en puertos del Atlántico. Su labor, casi siempre a contracorriente, trató de preservar la integridad de marineros sometidos a enfermedades carenciales, infecciones, traumatismos y un aislamiento terapéutico que hoy cuesta imaginar.
LA FIGURA DEL CIRUJANO-BARBERO EN LA EXPEDICIÓN
En la expedición zarparon varios profesionales relacionados con las artes de curar. Los principales fueron los cirujanos-barberos, una figura híbrida y fundamental en la navegación del siglo XVI. No eran médicos universitarios, sino prácticos con habilidad para sangrar, suturar heridas, extraer proyectiles, reducir fracturas y manejar instrumental que hoy consideraríamos más propio de un herrero que de un profesional sanitario. Su labor abarcaba desde la higiene de la tripulación a la asistencia en las frecuentes peleas, accidentes y enfermedades que brotaban en un ambiente de hacinamiento.
Estos hombres viajaban con un pequeño arsenal terapéutico: vendas, ventosas, cáusticos para quemar tejidos necrosados, aceites y ungüentos de hierbas, pólvora para cauterizar, agujas curvilíneas, cañones de sangría y sustancias como el ruibarbo. También era habitual portar especias como el jengibre o la pimienta, empleadas como condimento y medicina, en un tiempo en que la distinción entre ambas era difusa.
Pese a sus esfuerzos, la capacidad de maniobra era reducida. En medio del océano, sin puertos donde reabastecerse ni posibilidad de conseguir nuevos medicamentos, los cirujanos tenían que improvisar. A menudo usaban pequeñas tablas de madera para entablillar fracturas, preparaban cataplasmas con harina rancia o infusiones con las pocas hierbas secas que tenían disponibles. El mar, con su humedad constante, su movimiento y su salinidad, se convertía en enemigo constante de cualquier cura.
LA TRAGEDIA SILENCIOSA DEL ESCORBUTO
Si hubiera que elegir una enfermedad que simbolice la odisea médica de la primera circunnavegación, sería sin duda el escorbuto. Aunque su causa —la deficiencia de vitamina C— era desconocida en el siglo XVI, su presencia era sobradamente reconocida y temida. Para los marineros el escorbuto era un mal que avanzaba desde la boca, con inflamación de las encías, dientes que se aflojaban y caían, hemorragias, debilidad extrema y una sensación general de descomposición interna. No tardaba en convertir al afectado en un cadáver en potencia.
Durante la travesía del Pacífico, que duró 3 meses y 20 días sin tocar tierra, la tripulación consumió dietas basadas en galletas infestadas de gusanos, agua putrefacta y carne en salazón que llevaba meses en barriles. Nada en aquella alimentación proporcionaba nutrientes frescos. Las crónicas relatan que muchos hombres se derrumbaron incapaces de mantenerse en pie y que la enfermedad arrasó especialmente a aquellos de menor rango, cuyos racionamientos eran todavía más precarios.
Los cirujanos eran conscientes de que ciertos alimentos frescos aliviaban el mal, sin comprender por qué. Cuando alcanzaron las islas de la Micronesia y después Filipinas, el consumo de cocos, frutas tropicales y hojas tiernas produjo una recuperación casi milagrosa. La experiencia reforzaba la idea empírica de que la dieta tenía un papel decisivo, aunque faltaban siglos para que James Lind formulara el primer ensayo clínico moderno sobre el escorbuto.
OTRAS ENFERMEDADES DEL VIAJE
El escorbuto fue el protagonista trágico, pero no el único enemigo. La disentería acompañó a la expedición desde las primeras semanas. Las aguas estancadas en pipas de madera, el consumo de alimentos contaminados y el hacinamiento favorecían brotes continuos de diarreas que debilitaban rápidamente a los marineros.
Las infecciones cutáneas eran otro problema habitual. Los marineros pasaban largas jornadas expuestos a la humedad, rozaduras y golpes. Heridas que en tierra firme habrían cicatrizado sin dificultades se convertían, en el mar, en puertas de entrada para bacterias que podían provocar gangrenas fulminantes. El instrumental quirúrgico apenas se limpiaba, y los cirujanos trabajaban sin noción alguna de asepsia. A veces recurrían a lavar las heridas con vino o aguardiente —uno de los mejores antisépticos disponibles entonces—, pero no siempre alcanzaba.
También afloraban enfermedades causadas por parásitos: piojos, sarna, lombrices intestinales. Los baños eran escasos y los cambios de ropa casi simbólicos. El calor de las zonas tropicales multiplicaba la proliferación de insectos, mientras que el frío extremo del estrecho de Magallanes llevaba a problemas respiratorios, congelaciones y reumatismos.
Los traumatismos completaban la lista. Caídas desde los palos mayores, golpes provocados por el vaivén del barco, accidentes durante maniobras o combates eran frecuentes. A los cirujanos les correspondía reducir fracturas, suturar heridas profundas y, en ocasiones, amputar miembros afectados por infecciones severas. La amputación, realizada sin anestesia, consistía en un procedimiento rápido y brutal: seccionaban el miembro con sierra y luego cauterizaban con hierro al rojo o pólvora.
Y es que, si la expedición de Magallanes y Elcano fue una proeza de navegación, también lo fue en cuanto a resistencia fisiológica y creatividad médica. En ella se entrelazaron la fragilidad del cuerpo humano, la valentía de los profesionales que los cuidaban y la fuerza implacable de un océano cuya historia, desde entonces, quedó unida para siempre a la de la humanidad.
