‘Dolce far niente’ como salvación

MARÍA TRINIDAD HERRERO | Catedrática de Medicina de la Universidad de Murcia. Directora del Instituto de Investigación en Envejecimiento de la Universidad de Murcia

En este tiempo de inmediatez del siglo XXI, utilizar el cerebro sin intermitencias se convierte en una obligación. De hecho, nos acostumbramos a tener el cerebro en alerta, continuamente en guardia y, en un ejercicio espontáneo de adaptación, el ritmo de vida junto a la hiperconexión global nos empujan a no perder el tiempo.

Esta conducta es negativa para mantener estándares saludables ya que estas formas de vida, rayando en la adicción, conducen a insatisfacción, inseguridad, preocupación constante, agobio y, en último término, cansancio y agotamiento físico, psíquico y social.

Lo más grave es que nunca estamos satisfechos y vivimos sensaciones de vacío y disconformidad. Siempre queremos más. Con esa dinámica, que se retroalimenta, entramos en un proceso envolvente del que es difícil escapar y en el que perdemos el sentido de la realidad. Ese círculo vicioso nos aboca al estrés emocional crónico que altera la calidad del sueño y el humor, provocando inestabilidad y labilidad emocional, y afectando a todo el organismo.

Otro aspecto de nuestra cultura es que corremos el riesgo de ser esclavos de la productividad. La educación está dirigida a la creación, bien sea material o inmaterial. Así, en nuestra sociedad entendemos que es ilícito no ser productivos en todo momento con el fin de obtener gratificaciones inmediatas. Un análisis de estos conceptos indica que son erróneos y deberían cambiarse. Se ha demostrado que la sobrecarga de información provoca falta de atención y de concreción conduciendo a distracciones en absoluto rentables. Por ello, debemos cambiar el chip y aprender a no hacer nada. Paradójicamente, ‘hacer nada’ puede ser altamente productivo. Más aún, ‘hacer nada’ será la vía de salvación para conquistar una vida saludable, asegurando nuestro futuro inmediato, próximo o lejano.

MODO POR DEFECTO

El cerebro humano ha desarrollado unas áreas cerebrales cuya función es la opuesta a las de las áreas ejecutivas. Las áreas ejecutivas procesan la información, deducen y toman decisiones lo más deprisa posible, pero, si no somos capaces de resetear el sistema, acabamos enfrascados en dinámicas que se autoalimentan sin regenerarse. Las áreas cerebrales no ejecutivas procesan otras capacidades y nos permiten desconectar del mundanal ruido. Activar esas áreas nos transporta a mundos de quietud.

Esas áreas que fueron descritas a principios del siglo XXI, trabajan en el denominado ‘modo por defecto’. Son estructuras cerebrales que no ejecutan, sino que nos enseñan a mirar y a contemplar activamente y con sosiego los aspectos básicos y sencillos de la existencia. Al activarlas, ponemos la mente en blanco. Son los procesos de introspección con los que, de forma fugaz, durante minutos, teletransportan nuestra mente a lugares recónditos dejando de lado la vorágine del día a día. Es el imperio del silencio, de la atención plena que nos permite encontrarnos con nosotros y podemos producir autoreflexiones ‘limpiadoras’.

Esos procesos, además de resetearnos, lejos de ser pérdidas de tiempo, son altamente productivos, ya que están en la base de la imaginación y de la creatividad.

FAR NIENTE

En este mundo que gira sin parar y en aceleración debemos preservar la mente. Hace más de dos mil años los romanos practicaban activamente el ocio para recuperar energías y rejuvenecer cuerpo y espíritu. Todavía hoy, en Italia, se practica el ‘dolce far niente’, la dulzura de no hacer nada. Se trata de olvidarse de las preocupaciones

Es similar al arte del aburrimiento de los neerlandeses, el niksen o el ‘no hacer nada’: en definitiva, se trata de ser contemplativos, conscientes de las cosas simples de la vida y disfrutar sensaciones de felicidad. Es aplicarse a hacer cualquier cosa sin aburrirse. Y, en ese caso, instruirse para hacerlo muy bien no debe ser confundido ni con la pereza ni con la procrastinación.

El ‘far niente’ no es pereza. Esta última sería la falta de voluntad para hacer tareas, lo que puede llegar a la apatía patológica. El ‘far niente’ tampoco es sinónimo de procrastinar, que sería el hábito de retrasar actividades que si deben hacerse, o realizar solo las actividades irrelevantes porque no exigen demasiada energía. El far niente es un proceso voluntario y activo que exige capacidad de concentración para dedicar parte del tiempo al reposo. Hay tres aspectos a tener en cuenta:

➡️Distribuir y administrar los tiempos y hacerlo con inteligencia práctica.
➡️Entrenarse para dejar la mente en blanco y conseguir la relajación mental y del organismo.
➡️Hacerlo de forma sistemática, programarlo de acuerdo a nuestras propias cualidades y características.

No hay una receta universal, cada individuo debe conocerse y adaptar esas horas en los momentos menos productivos. Se trata de conseguir la limpieza mental con serenidad y sosiego, siendo proactivos y buscando placer en la relajación corporal y mental. Aprender a concentrarse y a dejar el cerebro ejecutivo en reposo exige voluntad, motivación, práctica y entrenamiento. Hay que romper barreras mentales cambiando de actitud. Hay que cultivarse para ser capaz de activar otras áreas cerebrales mejorando la capacidad de concentración.

Si lo intentamos y activamos más frecuentemente las áreas del ‘modo por defecto’, fluirá la imaginación y surgirán nuevas ideas creativas que equilibraran nuestras emociones. No cuesta nada. Al principio exige motivación y voluntad, pero después el cerebro lo hace solo. Es cuestión de práctica ◙

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