La diabetes y la obesidad han aumentado en las últimas décadas. Se han convertido en un problema sociosanitario, tanto por el incremento de gasto en tratamientos y medicamentos como por la incapacidad funcional que provocan y por los problemas mentales que sufren los pacientes que no logran estabilizarse.
La presencia crónica de diabetes y obesidad, máxime desde la juventud, acarrea efectos secundarios que, a largo plazo, aumentan el riesgo de mortalidad, pero que, también, a corto plazo, conducen a pérdida de la calidad de vida. De hecho, son dos de las causas más frecuentes de morbilidad en las sociedades más industrializadas al incrementar el riesgo cardiovascular y las alteraciones renales, hepáticas, ortopédicas y neurológicas.
El glucagón
El glucagón es una hormona de la alerta y del estrés. Se libera para que el organismo disponga de azúcar en todo momento. Así, cuando disminuye la glucemia en sangre, se estimula la secreción de glucagón, y esta secreción se inhibe cuando los niveles de glucemia son elevados.
Pero, además, el glucagón también regula el apetito controlando la ingesta y la sensación de saciedad.
Existe un péptido similar al glucagón, el GLP, del cual hay dos variaciones. La más famosa es la GLP-1. Estudios sobre GLP-1 establecieron su localización y la estimulación de la secreción de insulina. Posteriormente, se demostró que GLP-1 mejoraba la tolerancia a la glucosa, disminuía el glucagón y los animales perdían peso corporal porque se inhibía la motilidad y el vaciamiento gástrico. Es decir, el apetito y, por tanto, la ingesta de alimentos disminuía voluntariamente (y sin ansiedad).
Avance científico del año
La mayor parte de los experimentos sobre el GLP-1 se realizaron hace 40 años, en Boston. En base a esos descubrimientos científicos se desarrollaron medicamentos análogos de GLP-1, como la semaglutida, que, además de efectos antidiabéticos al inhibir la secreción de glucagón y estimular la de insulina, eran eficaces en tratamientos para la obesidad porque actuaban sobre los receptores GLP-1 del cerebro regulando el apetito y evitando recompensar positivamente la ingesta de alimento.
Además, estos fármacos en las dosis adecuadas, con pautas personalizadas, no solo mantienen el control de la glucemia, sino que reducen la aparición de hipoglucemias.
Asimismo, se ha descrito que el tratamiento con GLP-1 mantiene estable la tensión arterial, con disminución de riesgo cardiovascular o de ictus en personas con diabetes y obesidad. Adicionalmente, se está estudiando su eficacia en otras patologías degenerativas y del sistema nervioso.
Efectos secundarios
La Agencia Europea del Medicamento (EMA) autorizó tratamientos con la semaglutida desde el año 2017.Aunque los análogos de GLP-1 únicamente pueden obtenerse con receta médica y solo deben utilizarse en las indicaciones que indica el prospecto. Sin embargo, se están empleando exageradamente en dietas de adelgazamiento, ya que influencers y celebridades como Elon Musk lo han promocionado en las redes sociales. Por ello, en el último año están habiendo problemas de distribución de estos fármacos.
Ningún medicamento es inocuo. Con los analogos de GLP-1 se debe tener precaución ya que tienen efectos secundarios como diarrea, distensión abdominal, estreñimiento, flatulencia, náuseas, saciedad temprana, vómitos y efecto rebote al dejar de tomarlos. Estos fármacos están contraindicados en personas que han sufrido pancreatitis o en individuos con antecedentes, propios o familiares, de diferentes tipos de cáncer.
Asimismo, como los receptores de glucagón y de GLP-1 son ubicuos, es decir, se encuentran en el hígado, en el riñón, en el corazón, en los intestinos, en la retina, en los adipocitos y en el cerebro, antes de ampliar la distribución de estos fármacos se han de realizar más estudios clínicos de fase III para concluir otros posibles efectos colaterales y sus interacciones con otros fármacos.
