
Tennessee Williams nació en el Estado de Mississippi, en la ciudad de Columbus, y su nombre era Thomas Lainer Williams. En 1945 había obtenido un gran éxito con ‘El zoode cristal’. Poco después, abrumado por la popularidad, se retiró a Chapala en Jalisco para escribir la obra teatral ‘Un tranvía llamado Deseo’, que empezó recordando sus vivencias en New Orleans y su barrio francés, donde vivió un tiempo. El título primero fue ‘La noche de póker’; después, rememorando los dos tranvías que pasaban por su calle, uno llamado Cementerio y el otro Deseo, fue cuando puso el título definitivo. Todo partió de una visión de Tennessee de una mujer sentada en una silla esperando algo, quizás el amor, mientras la luz de la luna se cuela entre los visillos de una cortina. Esa escena la tituló “La silla de Blanche en la luna”, y de ahí partió el argumento.
Tennessee estaba muy unido a su hermana Rose, que pasó casi toda su vida en sanatorios mentales. En 1943 sus padres accedieron a que se sometiera a una lobotomía y Rose quedó incapacitada. Tennessee no perdonó a sus padres la decisión. Él sabía y conocía lo que significaba la locura.
La obra teatral ‘Un tranvía llamado deseo’ la acabó Tennessee Williams en 1947. Con producción de Irene Mayer-Selznick, se estrenó en el teatro Shubert de New Haven en noviembre de 1947, y pronto pasó al Ethel Barrymore de Broadway. Aunque Irene Selznick había pensado en Joshua Logan como director y en Margaret Sullavan y John Garfield como protagonistas, finalmente se la encargaron a Elia Kazan, que impuso el reparto, y los papeles principales fueron para Jessica Tandy y Marlon Brando, con Kim Hunter y Karl Malden como secundarios. La obra estuvo dos años en los escenarios con 855 funciones.
LA VIDA DE MARLON BRANDO
Cuando Marlon Brando entró en el reparto era una joven promesa de los escenarios de Broadway, pero no tenía demasiada experiencia. Empezó participando en obras de Shakespeare en Sayville, un pueblo que era el banco de pruebas del profesor de interpretación Erwin Piscator. Piscator dirigía un taller dramático en el que Stella Adler daba clases, y la maestra pronto se fijó en ese joven de aspecto medio salvaje y dicción balbuceante. Picastor expulsó a Brando de su Escuela, pero Stella Adler quedó atrapada en el talento del joven Bud, como le llamaban.
Marlon dio el salto a Broadway en 1944 con ‘I remember Mamma’. La obra la montaban Oscar Hammerstein y Richard Rodgers, que rechazaron a Brando en las pruebas escandalizados por su inseguridad y esa manera de hablar entre dientes, pero gustó al autor y director, John Van Drutten, y le dieron el papel de Nels. Esa obra la vio la agente de MCA, Edith Van Cleeve y empezó a representarlo. Después lo contrataron para el papel del Mensajero en ‘Antígona’ de Sófocles para sustituir a Oliver Cliff.

El siguiente proyecto era algo grande porque compartía tablas con una de las reinas de los teatros, Tallulah Bankhead. La obra era un raro texto de Jean Cocteau titulada ‘El águila de dos cabezas’, y al parecer fue Tallulah quien eligió al rebelde de 22 años. En los ensayos cada cual quería anular al otro, y la desfachatez del novato con la veterana, que le doblaba en edad, llamó la atención de los presentes. En los ensayos, Brando hacía muecas cuando Bankhead tenía sus diálogos como respuesta al reto de la estrella. Brando fue despedido.
Marlon Brando en las pruebas de reparto y en las lecturas de texto era nefasto, inseguro y errático, por eso le rechazaban de inicio. En los ensayos no mejoraba, pero cuando se subía el telón o el director indicaba “¡acción!”, su maquinaria se ponía en marcha e inundaba las escenas con magnetismo descomunal.
Como era habitual, Marlon en los ensayos de ‘Un tranvía llamado Deseo’ no lo daba todo, al contrario, creaba confusión, pero el día del estreno, Marlon Brando dejó boquiabiertos a cuantos asistieron, entre ellos a Cary Grant, que había invertido en la obra. Brando cobró 550 dólares semanales. Dos años después, debutó en la gran pantalla con Hombres de Fred Zinnemann, su salario fue de 5.000 dólares semanales.
Las funciones de ’Un tranvía llamado Deseo’ supusieron que Marlon Brando pasara a ser el actor más talentoso de su generación. Kazan, y sobre todo Williams, se congratulaban de los matices que Brando iba incorporando a su personaje. Pero Brando se cansó de Kowalsky y dos años después del estreno empezó a olvidar sus diálogos, a improvisar e incluso a añadir bromas fuera del texto. Dejó la obra y entró en su lugar Anthony Quinn.
Y con una sola película en su currículo y media docena de obras teatrales en Broadway, le llegó la versión de Un tranvía llamado Deseo para la gran pantalla. Nadie podía imaginar a otro Stanley Kowalski que Marlon Brando. Su indolencia, su camiseta sudada, su hablar entre murmullos y su brutalidad, estaban a punto de convertirse en un icono.
Brando, uno de los mejores actores de la historia, para muchos el mejor, después de cuatro o cinco películas muy destacadas y con él en la cumbre de la excelencia, comenzó una trayectoria errónea en la elección de papeles y conflictiva en sus intervenciones, con broncas y peleas con los compañeros y con los directores. La larga sucesión de controversias y caprichos acabó en una momia de casi 120 kilos y llena de tics en sus últimos trabajos. El final de Marlon Brando fue patético en lo profesional y en lo personal.
LA MAGIA DE VIVIEN LEIGH
Charles K. Feldman, antiguo agente de actores y director de la firma Famous Artists, se encargó de la producción cinematográfica de Un tranvía llamado Deseo con el estudio Warner Brothers financiando y distribuyendo. De acuerdo con Elia Kazan procuraron respetar el reparto original de la versión teatral, pero surgió la figura de Vivien Leigh, que había interpretado a Blanche Dubois en Londres en la versión que dirigió su marido Laurence Olivier. La noche del estreno de ‘Un tranvía llamado Deseo’ en el teatro Aldwych de Londres, Vivien tuvo que salir a saludar al público catorce veces. Vivien estaba enamorada del personaje, como lo había estado del de Scarlett O´Hara de Lo que el viento se llevó. Ella era una actriz con muchos éxitos en el teatro, un Oscar y unas cuantas buenas películas aparte de Lo que el viento se llevó. Vivien se postuló para el papel de Blanche y Jessica Tandy quedó desplazada.
Karl Malden y Kim Hunter conservaron sus papeles. Cuando Malden hizo ‘Un tranvía llamado Deseo’ en teatro tenía la experiencia suficiente para salir airoso después de una dé- cada en los escenarios de Broadway. Kim Hunter sí que había debutado en Broadway con ‘Un tranvía llamado Deseo’, y no hubo dudas de que seguiría siendo Stella Kowalski-Dubois en la pantalla. Había participado en seis películas anteriormente, más o menos las mismas que Malden.

En las lecturas, preparación y representaciones de ‘Un tranvía llamado Deseo’ en Londres, Vivien había maravillado a todos. Asistió a los ensayos vestida siempre de negro, se metió tanto en el papel de Blanche que Olivier estaba asustado. Los ocho meses de funciones la dejaron agotada, vacía. Vivien Leigh ya había comenzado a dar síntomas de su enfermedad, más grave que la de su personaje de Un tranvía llamado Deseo.
Marlon, que comenzó receloso, acabó embrujado por la estrella inglesa, encantadora, brillante, con una dicción perfecta, pero de chica del sur, lo opuesto al modo de hablar de Brando, entre dientes y balbuceante. Marlon Brando y todo el equipo quedaron encantados de la profesionalidad y categoría interpretativa de Vivien Leigh. Se cuenta que, como suele suceder en los platós, el suelo estaba lleno de cables, señales y otros objetos, con peligro de tropezar para los actores, pero Vivien Leigh era como si levitara por encima de los cables, sin mirar al suelo y sin rozar los obstáculos. Y sus escenas las clavaba a la primera. Vivien ya llegaba caliente, no como Brando, que necesitaba su tiempo.
Elia Kazan tenía unas ideas distintas a las de Vivien Leigh en cuanto a ciertos matices que ella había incorporado al personaje, pero tuvo que reconocer el gran valor que añadía a Blanche cuando vio lo que Vivien le ofrecía. Pero Vivien estaba enferma, tan enferma o más que Blanche Dubois. Lo dijo el propio Tennessee Williams,… Vivien conoció la locura.
Nacida Vivian Mary Hartley en Daajerling, una ciudad del Estado de Bengala, en noviembre de 1913, Vivian, que no Vivien, era hija de Ernest y Gertrude Mary. Con 7 años, fue enviada a Inglaterra, al colegio católico del convento del Sagrado Corazón al suroeste de Londres. Allí se integró en el grupo teatral.
Desde muy pequeña empezó a mostrar una dualidad en su personalidad, pasando del silencio a la euforia. Sorprendía con su talento para recitar textos de Shakespeare. Con 18 años exhibía una deslumbrante belleza adornada con sus conocimientos del inglés, alemán e italiano, pero sobre todo el francés, que dominaba a la perfección. De hecho se dobló a sí misma en muchas versiones francesas de sus películas.

Vivian ingresó en la RADA (Real Academia de Arte Dramático). El director, Kenneth Barnes, se fijó en ella en las pruebas de admisión, y la encargada de la sección de Shakespeare, Ethel Carrington, supo que había un diamante entre el alumnado. Pero tenía el defecto de una voz demasiado débil para los escenarios.
Con 19 años conoció y se casó con el abogado Ernest Leigh Holman, trece años mayor. Le prometió abandonar los estudios de interpretación, pero pronto rompió su promesa y reanudó las clases a escondidas. Volvió a interrumpirlas cuando quedó embarazada de Suzane, que nació en octubre de 1933.
Cuando terminó su formación, empezó a estudiar todos los papeles posibles, esperando la llamada para debutar en el teatro. En el verano de 1934 estaba de crucero con su marido, cuando le dieron la noticia de que Albert de Courville buscaba figurantes. Vivian interrumpió el viaje y se presentó a las pruebas, logrando entrar en cuatro películas en 1935. En la de Courville, titulada Things looking up ya se cambió el nombre de Vivian por Vivien, y cuando el director la vio en los momentos de espera para sus tomas, la ascendió de extra a casi secundaria regalándole algún primer plano.
Entonces, el agente John Gliddon, se fijó en ella y se ofreció a representarla. Le consiguió el debut en teatro en la obra ‘The green sash’. La maquinaria estaba en marcha.
Lo suyo era el teatro, siempre lo dijo, ella no era una estrella, era una actriz. El cine, como a casi todos los de su especie, era lo que pagaba las joyas, las mansiones y la vida lujosa.
En 1934, fue a ver al nuevo príncipe de los escenarios Laurence Olivier en la obra ‘Teatro Real’ dirigida por Noël Coward; asistió ocho veces y se enamoró del actor y de la persona. Al año siguiente se preparó el acontecimiento del año en el teatro británico cuando el productor Tyrone Guthrie propuso a Laurence Olivier hacer ‘Hamlet’ con la particularidad de que se alternaba con John Gielgud en las representaciones haciendo el mismo papel. Vivien suspiraba por ser Ofelia, pero el papel se lo adjudicaron a Peggy Ashcroft. Se tuvo que conformar con ir catorce veces al teatro a ver la función.
Poco después, el 15 de mayo de 1935, Vivien apareció en el escenario del teatro Ambassador en la adaptación de ‘Jacques le fataliste’ de Diderot, que titularon ‘The mask of virtue’. Al terminar la función ya había una nueva estrella en el firmamento de las tablas londinenses. Y era su segunda obra. Laurence Olivier la vio en esa obra, y quedó entusiasmado, también el poderoso productor Alexander Korda canceló sus compromisos para ver a la nueva figura y se fascinó. A los pocos días la citó en su despacho de London Films para proponerle un contrato para el cine. Le ofreció 750 libras anuales que su agente, Gliddon, rechazó, y al final quedaron en firmar por 1.300 libras. Eso fue lo que cobró Vivien en su primer año bajo contrato con Korda, 1937. En el último, 1948, la cifra había ascendido a 18.000 libras.
Poco después, Vivien fue una noche al restaurante del hotel Savoy. Allí estaba Laurence Olivier con su esposa, la también actriz Jill Esmond. Larry la felicitó por ‘The mask of virtue’. Le dijo que Alexander Korda los quería juntar para una película, entonces intervino Jill Esmond para aclarar que a Larry no le gustaba el cine, nadie se sentía más incómodo ante las cámaras que él. Laurence lo confirmó, … Es cierto, soy realmente pésimo en cine. Como Vivien tenía problemas con su voz débil, Laurence se ofreció a ayudarla, y también la puso en manos de su profesora de dicción, la venerable Elsie Fogerty.

En 1937, Laurence Olivier y Vivien Leigh protagonizaron Fuego sobre Inglaterra, también conocida como Inglaterra en llamas, con producción de Alexander Korda. Olivier cobró 500 libras semanales por la película Fuego sobre Inglaterra, cuando por el ‘Hamlet’ teatral para Guthrie había recibido 20. Pero ya se sabe, el teatro te da prestigio y el cine te da dinero. Cuando, en 1939, Vivien hizo de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó ya era la novia oficial de Laurence Olivier, pero seguían guardando las apariencias. Se casaron en 1940. Su matrimonio duró algo más de 20 años. Hubo de todo, incluidos los celos profesionales y los amorosos. Vivien vivió acomplejada ante la magnitud de su marido como actor.
La enfermedad mental de Vivien avanzaba. Se alternaban momentos de tranquilidad con los de depresión severa que la inclinaban al suicidio. Los espectáculos se repetían, desde pérdida de memoria hasta aparecer desnuda en su casa delante de los invitados o perderse por las calles en la madrugada. El trabajo la agotaba porque forzaba la máquina al máximo. En 1951 llegó a hacer en el Ziegfeld de Broadway y al unísono ‘César y Cleopatra’ de Bernard Shaw y ‘Marco Antonio y Cleopatra’ de Shakespeare, normalmente se representaba una obra cada jornada en días alternos, pero en ocasiones las dos funciones en el mismo día, así interpretaba a la reina casi niña en la función de tarde y a la reina adulta en la de noche. Muchas veces salía a los escenarios después de sesiones de electroshock. Nunca se notó su dolencia, cada obra le aumentaba su valor como actriz talentosa y muy profesional. Todo el mundo la adoraba a pesar de sus caprichos. Pero estaba muy enferma, su trastorno bipolar aumentaba día a día. Además sufría tuberculosis crónica. Vivien bebía demasiado, comía poco y encendía cigarrillos de la marca Olivier uno tras otro.
En 1960, Laurence Olivier anunció que se divorciaba de Vivien Leigh para casarse con Joan Plowright. Pero el amor de Olivier siempre fue Vivien y el de Vivien siempre Olivier. Ella tenía una fotografía de Larry en su mesilla y otra en su camerino, nunca las retiró.
Fueron muchas las sesiones de electroshock a las que la sometieron, en ocasiones tenían que maquillarle las sienes para que no se vieran las marcas. En los rodajes se mostraba muy profesional, pero todos conocían sus dolencias físicas, emocionales y espirituales. Con el paso del tiempo, Vivien Leigh era más Blanche Dubois.
En 1965 apareció por última vez en las pantallas en la película El barco de los locos, y al año siguiente hizo su última actuación en teatro, fue junto a John Gielgud en ‘Ivanov’ de Chejov en el Shubert de Broadway. En mayo de 1967 empezó a ensayar la obra ‘A delicate balance’ y se tuvo que retirar porque recayó de otra de sus dolencias, la tuberculosis.
El 8 de julio de 1967, Jack Merivale, el hombre con el que compartió sus últimos días, la encontró muerta en su habitación. La misa funeral, por el rito católico, se celebró en la Iglesia de Santa María (Cadogan Street), asistieron poco más de una docena de personas, entre ellas no estaba Laurence Olivier. Sus cenizas las esparcieron en el lago Tickerage, cerca de su casa de campo. Vivien tenía 53 años.
LA HISTORIA
Blanche y Stella Dubois (Vivien Leigh y Kim Hunter) son dos hermanas de una familia bien del sur. Stella se casa con un tipo de ascendencia polaca llamado Stanley Kowalski (Marlon Brando). Kowalski en un fanfarrón, bruto, maleducado, pero Stella lo ama, aún a pesar de la diferencia de estatus y de personalidades. Blanche visita a su hermana en Nueva Orleans. Allí, se escandaliza del barrio, del cu- ñado y del escueto apartamento que habita el matrimonio y que ella tiene que compartir. Y Blanche conocerá al vecindario, a su cuñado y a los colegas de este, entre ellos Mitch (Karl Malden), un solterón buenazo que cuida de su anciana madre y se enamora de Blanche.

Es importante analizar la película en función de los cuatro personajes que la protagonizan. Blanche Dubois nos va mostrando su personalidad a cuentagotas, con insinuaciones, pero en muy pocos planos sabemos mucho de ella. En primer lugar, su obsesión por la juventud que ha perdido y que añora con miradas de deseo a las personas jóvenes, empezando por el soldado que ve cuando sale de la estación y pregunta por los dos tranvías; o a un chico que lleva un recibo de un periódico a casa de su hermana. Blanche es una especie de aristócrata venida a menos, de reina o princesa sin trono. Insegura, pero lo disimula con su altivez, coqueta porque siente que ha perdido su atractivo, miedosa porque ha sufrido en su infancia y juventud, muy mentirosa para proteger su debilidad, bebe a menudo aunque se excusa y confiesa que no le agrada demasiado, pero ante todo es una persona enferma. Lo de su enfermedad se nos va revelando poco a poco. Se escandaliza de la modesta casa en la que vive su hermana, ella proviene de la finca Belle Reve (Hermoso Sueño), que se ha perdido por las deudas y la dejadez. Oculta sus problemas con una actitud de mujer cultivada, amante de la poesía, del romanticismo y las buenas maneras.
Es una mujer sola, terriblemente sola. Dice que no se ha portado muy bien en los dos últimos años, que se está marchitando. Se casó joven con un chico muy débil (en la versión original era homosexual) que se pegó un tiro en la boca. Es maestra en un colegio de donde ha sido expulsada por una relación con un alumno de 17 años. Su desesperación la llevó a la degradación en el pueblo en el que vivía, la localidad de Laurel (Auriol en la traducción para el doblaje) en el condado de Jones, Mississippi, donde frecuentaba el motel Flamengo (Pelícano en la traducción para el doblaje) para citas con hombres. No es fácil asumir que, aunque ella creía utilizarlos, era Blanche la utilizada como mercancía de usar y tirar.
Al chico, cobrador del periódico Evening Star le llama joven varias veces, como suspirando, luego le dice que le gustaría que se quedase con ella, pero ha de ser buena y alejarse de los niños. Necesita recomponer su vida, llenar el vacío de la soledad y se fija en Mitch, el único amigo de Stanley que parece tener caballerosidad. Pero entre los problemas de Blanche y la presión asfixiante a laque le somete su cuñado, se va hundiendo hasta la demencia.
Es interesante comentar los encuadres y la iluminación que le dedican Kazan y el director de fotografía, Harry Stradling padre, a Vivien Leigh, con penumbras y alguna luz, el personaje incluso dice que debe estar espantosa con esa luz tan cruda. Casi todos sus planos se iluminan con luz indirecta, pero cuando se quieren mostrar sus graves problemas, la luz es agresiva y directa. Stradling padre consiguió la gigantesca tarea de iluminar la demencia de Blanche Dubois. Por su parte, el director artístico, Richard Day, dotó a los escenarios de objetos donde colocar luces, y su recreación del barrio y la Avenida de Los Campos Elíseos de New Orleans, la decoración de la casa y las calles, unas veces bulliciosas y otras fantasmagóricas, es soberbia a la vez que estremecedora. Day ganó el Oscar, el sexto de su carrera.
Blanche se agarra a la poesía y al espíritu interior porque se ve sucia y vieja en el exterior. Casi muerta en vida, …La muerte se sentaba a los pies de las camas, …Prefiero el mundo de la ilusión y esa es la razón por la que miento a la gente, para que se sienta bien, y …Una línea puede ser recta, o una calle, pero no el corazón de un ser humano; estas son la reflexiones de Blanche, muy propias de Teneessee Williams.

La recreación que hace Vivien Leigh de Blanche Dubois es de esas que no se olvidan, una de las mejores interpretaciones de la historia del cinematógrafo. Vivien tiene la oportunidad de lucir su talento en escenas con Marlon Brando, Karl Malden y Kim Hunter, luego las tiene ella sola con monólogos excelsos y, ocasionalmente, con el grupo de amiguetes de Stanley. Habla y habla sin parar, se responde a sí misma porque aquellos con los que habla no la entienden, se emociona con las cosas sensibles, se escandaliza de la vulgaridad, odia la luz y los ruidos, estalla cuando se siente acosada.Está completamente desplazada, no solo en ese barrio obrero, sinoen el mundo. Las mejores escenas de la película la tienen a ella como eje.
La patética última escena es sublime, saliendo del brazo del caballeroso doctor, que no es Shep Huntleigh, aquel imaginario millonario de Dallas, derrotada, engañada, camino del hospital psiquiátrico, pero feliz en su confusión demente. Por fin alguien la trata como la dama que siempre quiso ser. …Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños. Con esta frase se pone punto final a su presencia en la película y es el resumen de la vida de Blanche Dubois.
Stanley Kowalski es el reverso de Blanche. Un auténtico animal, un bruto primitivo, cruel, insensible y mala persona. Sus broncas son continuas, con su mujer, su cuñada, sus amigos, sus vecinos. En realidad él no quiere salvar a su amigo Micth del engaño de Blanche, lo que busca es dañar a su cuñada. El día de su cumpleaños le regala un billete de vuelta a Laurel. La quiere lejos de su mujer, lejos de sus amigos. Cuando Blanche pasa junto a la mesa de póker dice que no es necesario que se levanten y Stan contesta que nadie se va a levantar. Stanley Kowalski apenas conoce más cosas que su habilidad para la mecánica, el póker o los bolos. Es un completo ignorante, un tipo odioso porque destila odio. Habla sin parar del Código Napoleónico, o Código civil francés de 1804, vigente en el estado de Luisiana desde 1825, pero desconoce que ese Código considera las herencias como bien privativo, por tanto lo que es de su mujer por vía hereditaria no es suyo porque no es bien ganancial.
Marlon Brando se metió en el personaje porque estuvo dos años representándolo en los escenarios y lo construyó para deleite de Tennessee Williams, que declaró que el Kowalski creado por Brando era el que él mismo habría querido crear. Brando inventó esa forma de hablar entre dientes, como masticando estropajo, y le venía muy bien al personaje, lo que pasa es que después asumió esa manera de hablar como propia y la aplicó a casi todos sus personajes posteriores.
Stanley Kowalski solo se emociona jugando al póker o a los bolos, bebiendo, vociferando, comiendo con las manos, o cuando sabe que va a ser padre. Pero en ningún plano lo vemos sosteniendo al bebé, de hecho, mientras la criatura llora en la cuna él se dedica a discutir con sus colegas en la mesa de póker.
Curiosamente, Marlon Brando logró hacer atractivo a un personaje tan despreciable. Recordemos ese aspecto sucio y grasiento durante casi toda la película. Camisetas sudadas que se cambia sin ducharse, ingesta de alimentos con los dedos, agita la botella de cerveza antes de abrirla, se emborracha y lo tienen que meter en la ducha vestido, va por ahí con la camisa rota; cuando se viste elegante parece un mafioso hortera de poca monta, y hasta su pijama de seda le sienta fatal. Pero no puede vivir sin su esposa, ella tampoco soporta separarse del tosco polaco. Sus gritos desde la calle de ¡Stella! ¡Stella!, y sus exclamaciones de ¡Calla ya canario flauta¡ o ¿sabes que te digo? ¡Ja!, ¡Ja!, dirigidas a su cuñada, y su presencia siempre amenazadora, potente e insolente, pasaron a ser un símbolo del cine mundial. Era su segunda aparición en la pantalla y todo aquel que lo vio supo que ahí había una estrella pero ante todo un actorazo.
En la obra original y primitiva, como culminación de su vileza, Stanley viola a Blanche, pero eso se eliminó. Ciertamente que se percibe una atracción salvaje entre Stanley y Blanche, del mismo modo que se aprecia el desprecio. Brando luce el personaje de manera mágica, como dando la impresión de que no actuaba, era él mismo. Sus mejores escenas son las que comparte con Vivien Leigh, y hay que tener presente que Brando era en aquel tiempo un aprendiz comparado con Vivien.

Stella Dubois es una chica muy enamorada de su marido, se diría que del lado salvaje de Stanley. Se ha acostumbrado y acoplado a esa vida tosca del vecindario y no se acuerda de sus orígenes de clase acomodada, ni siquiera cuando su hermana se lo recuerda. No creo que sea completamente feliz, pero se conforma con lo que tiene, o le ha tocado, o ella ha elegido. Incluso le hace gracia la brutalidad de su marido. Es muy bondadosa pero cuando tiene que sacar su carácter no se corta, no es tan sumisa como se aprecia al principio. Defiende a su hermana, no da crédito a los rumores, es la única que descubre que Blanche está enferma y se ofrece a ayudarla. Blanche le dice que no crea los rumores antes de que Stella sepa nada, y Stella cree a su hermana, o al menos la comprende, se apiada de ella. Cree en sus mentiras y en sus fantasías. Es el personaje más puro y limpio de la historia. La interpretación de Kim Hunter está maravillosamente ajustada al personaje. Da la impresión de que lejos de correr riesgos, se alimentó del guion y lo fue desarrollando paso a paso. Sus presencias en segundo plano son extraordinarias.
Karl Malden se quejó de que Marlon Brando le robaba sus mejores planos, pero vista la película, los mejores momentos de Malden no son los que comparte con Brando. Su Mitch es otro ejemplo de actor al servicio del personaje olvidando el ego personal. Tiene dos o tres escenas con Blanche que dan la justa medida de lo que significa actuar, sin pasarse y sin llegar, en el punto de cocción exacto. Formidable Karl Malden explotando su mirada ingenua, su volumen corporal, su actitud pensativa, dubitativa y las explosiones adecuadas al momento. El papel no era fácil, podía correr el riesgo de quedarse plano, pero Malden le dio la potencia que requería. Cuando se van a llevar a Blanche al hospital, hay un plano en el que Mitch y los otros colegas juegan con la mirada y el gesto de odio y resentimiento hacia Stanley, al que culpan de haber provocado la locura de su cuñada. Es una escena excelente, en la que Mitch estalla también.
Otra gran cualidad de la película es que no sobra ni un plano, ni un movimiento o desplazamiento de cá- mara, ni un encuadre, y los hay de casi todas las gamas posibles en un relato de esta índole. La dirección de actores se nota, como se nota que los dejó hacer a su modo, pero el resto de factores que hacen de una película una gran obra pasan desapercibidos, y eso es una gran virtud del director. Cuando Stan ha terminado de comer con las manos y Stella se lo recrimina, estalla en un ataque de ira, en ese momento vemos a las dos hermanas en la mesa con la cabeza baja en señal de sumisión a la brutalidad, esperando el próximo estallido de cólera. Un gran plano, como el otro, muy breve y cerca del final, cuando Stanley y Blanche se quedan solos y el bruto se plantea tener una relación con su cuñada, justo cuando su esposa está dando a luz. La escena acaba con un fundido a negro y se abre la siguiente con un plano de una manguera regando una acera. El símbolo de limpieza, ¿limpieza de qué?, la transición nos lleva al plano del bebé recién nacido. En la última escena se insinúa que Blanche ha confesado a su hermana el ataque o proposición de Stanley. Pero Blanche ya no es creíble, están esperando a la ambulancia que la lleve al manicomio. Ese plano de la manguera tiene mucho interés y pasa casi desapercibido, lo que supone un acierto de Elia Kazan.
Hay un doblaje de Un tranvía llamado Deseo de 1951, cuando se estrenó la película en España, pero el doblaje bueno es el de 1974 con Elsa Fábregas, el gran Rogelio Hernández, su esposa Rosa Guiñón y Joaquín Díaz en los respectivos registros de Leigh, Brando, Hunter y Malden. Y hay otro, que desconozco, de 1985. También se hicieron varias versiones posteriores para televisión, una de 1984 con Ann-Margret, Treat Williams, Beverly D’Angelo y Randy Quaid, otra de 1995 con Jessica Lange, Alec Baldwin, Diane Lane y John Goodman.
El final de la película es sencillamente memorable, Blanche se va al sanatorio sumisa, con su última frase, …Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños. Con estas palabras resume su vida. Y después, Stella se va con el bebé a casa de la vecina Eunice, como cada vez que rompe con Stanley. Todo sigue y va a seguir igual. Stanley Kowalski acude a su último y repetido recurso. No es otro que gritar, …¡Stella!, ¡Stella! La paradoja es que posiblemente Kowalski necesitase más tratamiento médico que Blanche Dubois◙
