
Desde el inicio de la humanidad, intuitivamente, tanto en el hemisferio norte como en el hemisferio sur, los humanos se guiaron por el Sol y la Luna. Todas las culturas ancestrales comprendieron los ciclos de sus propias vidas en paralelo a los cambios de la naturaleza. El concepto de renacer se intuía en los ciclos naturales de las estaciones, que equivalían a la vida y a la muerte cíclica. Y fueron identificando lo que los cambios estacionales suponían para la vida de las plantas y de los animales y, aunque les eran inexplicables, observaron que se repetían y les daba esperanza porque siempre resurgía la vida: detrás del más oscuro invierno siempre florecía la primavera.
Los pueblos prehistóricos, englobados en la cosmovisión e imitando a la naturaleza, desarrollaron rituales para celebrar los cambios que les exigían una adaptación constante. Los cantos, danzas, ofrendas y ritos simbólicos, valiéndose de los cuatro elementos (agua, aire, fuego y tierra), definían su identidad como grupo, les conectaban con el medio ambiente y, honrando a sus espíritus y a sus antepasados, les recordaban su historia.
Asimismo, participar en esas ceremonias les evocaba el poder real de renovar los ciclos de la vida viviendo una metamorfosis colectiva. Significaba liberarse del pasado, enterrar lo negativo dejando espacio para nuevos crecimientos, reinventando un nuevo yo. Estaban convencidos de que cambiar no solo era posible, sino que era necesario para el equilibrio personal, para la paz interior y para la superviviencia.
Hoy en día, los cambios de estación y los cambios de año deberían seguir siendo tiempos de reflexión activa, procesos psicológicos, no de olvido, sino de liberación y de aceptación, que conscientemente, a cualquier edad, nos permitan renacer y mirar al futuro con energía y optimismo.
LA TRADICIÓN EN JAPÓN

Aunque Japón sea un país a la vanguardia industrial y tecnológica, allí las tradiciones son sagradas y están impregnadas en su filosofía de vida. Hasta 1873, los japoneses se regían por el antiguo calendario lunisolar chino que marcaba el Año Nuevo en los albores de la primavera, pero durante la Restauración Meiji adoptaron el calendario gregoriano y ahora celebran el paso de año como el resto del mundo. No obstante, siguen ceremonias muy arraigadas como el Ōmisoka o cierre del año, el Ganjitsu (el 1 de enero) o el Oshōgatsu o Shōgatsu que, como cambio de año, dura hasta el día 3 de enero, el Sanganichi.
Y lo más llamativo no son solo las luces de colores, cenas o fiestas, sino que para ellos, el cambio de año supone un proceso de reflexión activa. Es la renovación personal amparada en la simbología. En base a creencias sintoistas, los japoneses de todas las edades siguen costumbres familiares y religiosas con rituales basados en tres preceptos: la gratitud, la purificación y la renovación. Tienen la firme convicción de que cambiar es posible y, para ello, deben de cerrar lo anterior y reempezar de cero el nuevo ciclo.
Debe limpiarse (Osoji) todo, desde lo físico a lo psicológico, incluido el hogar, el cuerpo y la mente. En esta transición no hay espacio ni para la mala suerte ni para la negatividad, solo para la armonía y para los propósitos positivos.
El Año Nuevo no es solo una celebración, sino que psicológica y culturalmente debe ser un rito de renovación abierto a las nuevas oportunidades. Se trata de equilibrar el ‘chi’ con nueva luz y con bocanadas de liberador aire fresco. Es el nuevo comienzo, el renacer.
AÑO NUEVO PARA LA SALUD
Al empezar cada nuevo año renovamos el compromiso con nosotros mismos, con la esperanza del cambio, con la ilusión de que este año si que lo vamos a conseguir y que iremos adquiriendo nuevos hábitos. Desde el punto de vista de la salud, la renovación de año nuevo suele estar llena de buenos propósitos para mejorar la vida como olvidar los malos hábitos, dejar los vicios, hacer ejercicio, comer alimentos más saludables, controlar esos kilos de más, racionalizar el trabajo, dormir mejor, poner a raya el estrés o dedicar más tiempo a los seres queridos, a las amistades o a la meditación.
Para conquistar esas metas, conociéndose a sí mismo, se debe reflexionar para que sean específicas, claras, y alcanzables. Además, vislumbrando el futuro en positivo, se deben planificar con realismo y con cordura, programando los límites de realización. Por tanto, se deben fijar los tiempos, con metas a corto, a medio y a largo plazo, a ser posible de forma gradual, cuadrándolo en fechas señaladas. Por ejemplo, a corto plazo sería conseguir esa meta antes de final del mes, a medio plazo para la Semana Santa y a largo plazo, alargándolo hasta las vacaciones estivales. La activa reflexión japonesa, que culturalmente aprenden desde la infancia, puede que esté contribuyendo a su reconocida longevidad saludable. Por ello, aprendamos de ellos a reflexionar positivamente y brindemos (¡kanpai!) para que mantengamos o mejoremos la vitalidad física, mental y espiritual y que, un año más, el ‘unki’ (la energía vital) sea el motor de nuestra existencia◙
