La sangre que salvó vidas en la Guerra Civil Española

Hubo un frente que no se libró con fusiles ni con tanques, sino con jeringuillas, viales de citrato y camiones frigoríficos. Fue el frente de la sangre, una trinchera médica donde la ciencia se convirtió en heroína anónima. Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) la transfusión de sangre dejó de ser un experimento arriesgado para convertirse en una herramienta de guerra, una forma de salvar vidas en un país que se desangraba a sí mismo.

En 1936, hacer un donativo de sangre era un acto casi revolucionario. No existía el altruismo organizado, ni carteles de ‘donar sangre es salvar vidas’, ni campañas de sensibilización. Donar sangre era algo íntimo, familiar, se podría decir que era casi consanguíneo. Se donaba a un hijo, a un hermano o a un vecino conocido, pero no más. La idea de donar sangre a un desconocido, a un soldado al que no conocías y que quizás nunca conocerías, era algo nuevo, casi exótico.

Pero la guerra cambió las reglas del juego. En cuestión de meses la donación de sangre se transformó en un acto de patriotismo, un deber cívico, una forma de contribuir a la causa sin empuñar un arma.

Norman bethune, el médico que cambió la historia

En el Hospital de Montjuïc de Barcelona un médico especialista en análisis clínicos llamado Frederic Durán-Jordà organizó el primer banco de sangre de España y uno de los primeros del mundo. Su idea era simple pero revolucionaria: recoger sangre, conservarla y distribuirla donde fuera necesaria. Pero había un problema: la sangre se coagulaba rápidamente y sin refrigeración se echaba a perder en cuestión de horas.

La solución fue el citrato sódico, un compuesto químico que permitía conservar la sangre líquida durante días. Y para el transporte, Durán-Jordà se agenció un camión frigorífico de un repartidor de pescado. Así, en septiembre de 1936, la primera remesa de sangre -siete litros- salió hacia el frente de Aragón, a más de 300 kilómetros de distancia. Era la primera vez en la historia que la sangre se transportaba refrigerada y conservada para ser usada en un frente de batalla.

Pero si hay un nombre que se asocia a las transfusiones en la Guerra Civil Española, es el de Norman Bethune, un médico canadiense y veterano de la Primera Guerra Mundial, que llegó a España en 1936, tras ser requerido por el Comité Canadiense para la Ayuda a la Democracia. Su misión era crear un servicio de transfusión de sangre que pudiera llegar hasta el frente.

Bethune no era un médico convencional. Era un hombre de acción, un innovador que no tenía miedo a romper las reglas si significaba salvar vidas. En cuestión de semanas creó el Servicio Canadiense de Transfusión de Sangre, una organización que recogía, conservaba y distribuía sangre por todo el territorio republicano. Pero su mayor contribución fue la idea de las unidades móviles: camiones equipados con todo lo necesario para realizar transfusiones cerca del frente, en plena batalla.

Bethune estuvo en la que probablemente fue una de las masacres más cruentas y silenciadas de la guerra: la Desbandá, la huida desesperada de civiles por la carretera de Málaga a Almería en febrero de 1937. Allí su equipo de transfusión salvó innumerables vidas, trabajando bajo fuego, sin descanso, con recursos limitados. Bethune murió en 1939 tras cortarse con el bisturí mientras operaba sin guantes, una víctima más de la guerra que había intentado combatir con sangre en lugar de balas.

La sangre como propaganda

La donación de sangre no fue solo un acto médico, sino también un acto político. Tanto la República como el bando nacional entendieron rápidamente el valor propagandístico de la transfusión. “Aunque no todo el mundo puede donar su sangre… para estas jóvenes es la quinta contribución de este tipo” decía el narrador de una película franquista mostrando a mujeres donando sangre. En el bando republicano los carteles apelaban al deber cívico, a la solidaridad, a la idea de que cada gota de sangre era un acto de resistencia.

Pero detrás de la propaganda había una realidad más compleja. Los donantes voluntarios recibían cupones para alimentos: latas de garbanzos, aceite de oliva, azúcar. En tiempos de escasez, donar sangre era también una forma de asegurar comida para la familia. No era altruismo puro, sino una mezcla de patriotismo, necesidad y supervivencia.

La donación de sangre se presentó como una extensión del papel tradicional de la mujer: cuidar, dar vida y proteger. ‘Diste la vida a un niño, salva a un hombre de la muerte’, decían los carteles. Era una forma de decir: si no puedes ir al frente, al menos puedes donar tu sangre para salvar a los que están allí.

Pero la realidad era más compleja. Con tantos hombres en el frente, las mujeres se convirtieron en las principales donantes. Eran ellas las que llenaban los bancos de sangre, las que hacían posible que la sangre llegara al frente, las que mantenían vivo el sistema de transfusiones. Sin su contribución, miles de soldados habrían muerto no por las balas, sino por la falta de sangre.

Lo que se hizo en España entre 1936 y 1939 cambió para siempre la medicina militar. Por primera vez en la historia se crearon servicios organizados de transfusión de sangre que podían llegar hasta el frente. Se desarrollaron técnicas de transfusión indirecta, con instrumental de fácil manejo, capaz de ser llevado a cabo en cualquier lugar y por cualquier médico con experiencia en inyecciones endovenosas.

Se establecieron sistemas eficaces de transporte y distribución, se crearon bancos de sangre, se organizaron campañas de donación masiva. Todo esto no solo salvó vidas durante la guerra, sino que sentó las bases para lo que vendría después. Los británicos, observando lo que se hacía en España, desarrollaron sus propios planes de transfusión que resultarían cruciales durante la Segunda Guerra Mundial. Frederic Durán-Jordà y Reginald Saxton, un voluntario británico en la Sanidad Militar republicana, fueron asesores clave en este proceso.

El legado hasta hoy

Los principios desarrollados en España durante la Guerra Civil para la práctica militar de transfusiones de sangre siguen respaldando las medidas actuales de reanimación de heridos en el campo de batalla. La idea de que la sangre debe llegar rápidamente al herido, cerca del frente, con equipos móviles y personal entrenado, viene directamente de lo que se hizo en España en los años treinta.

Pero más allá de la técnica lo que queda es la idea de que la donación de sangre puede ser un acto de solidaridad masiva, organizado y eficaz. La Guerra Civil Española transformó la transfusión de un experimento médico a una herramienta de guerra, y de ahí a un pilar de la medicina moderna.

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