En 1989, un ingeniero londinense, Tim Berners-Lee, inventó la Web. Al principio se creía que habría brechas sociales y económicas entre países y poblaciones, pero se ha conseguido la democratización. Internet ha cambiado no solo nuestra forma de comunicarnos, sino también la mentalidad de los individuos en todo el mundo. La cuestión es cómo utilizar estas tecnologías para el avance y mejora del ser humano y no para su destrucción o involución mental.
Está demostrado que las nuevas tecnologías son una oportunidad para mejorar las inteligencias, la autogestión del tiempo y desarrollar capacidades a través de entrenamientos personalizados que faciliten el aprendizaje, optimicen los procesos mnésicos y aumenten la velocidad del proceso mental. No obstante, hay que saber utilizarlas.
El cerebro es plástico y cambiante. Nuestros sistemas neurales crean programas de conducta que se convierten en automáticos. Las nuevas tecnologías están cambiando nuestros circuitos. De hecho, el cerebro humano, que sigue en continua evolución, tiene en Internet una herramienta poderosa.
Las nuevas tecnologías bien utilizadas pueden ser una ventaja evolutiva de nuestra especie. No obstante, tienen sus riesgos como convertir a los humanos en dependientes y esclavos de la tecnología, lo que alteraría la capacidad de atención y también los patrones de relación social. El riesgo es que un porcentaje importante de la población se ‘aborregue’ y llegue a convertirse en la clase social dominada, gregaria y dependiente.
Peligros de Internet
Quienes critican la conveniencia de Internet argumentan que vivir siempre conectados no solo ha cambiado conductas, sino que los procesos cerebrales son más superficiales. Indican que el abuso de Internet cercena la capacidad de concentración y que, como el consumo de información es momentáneo, no se retienen datos y no se memoriza; pero, además, que el uso excesivo de mecanismos automatizados de búsqueda de información trunca la creatividad impidiendo construir nuevo conocimiento.
La OMS ha alertado del peligro que supone para la salud mental el que adolescentes, e incluso niños y bebés, pasen tantas horas frente a la pantalla. Pero la realidad es que esa conducta, en la que subyace el germen de la ansiedad vital y de patología mental, es habitual a cualquier edad.
De hecho, saltar de forma distraída de un tema a otro en la red se convierte en una necesidad de conectividad que es similar a cualquier otra adicción que crea dependencia.
Y la adición a la tecnología altera los ritmos circadianos provocando falta de sueño que desencadena fuga de ideas, aislamiento social y perdida de la empatía.
La Fundación World Wide Web también ha avisado de una realidad palpable como es la profusión de falsedades y la difusión de bulos que, de forma repetitiva, acaban por aceptarse como verdades y axiomas y cuyo mayor peligro es el riesgo de manipulación de la ciudadanía.
Límites y sensatez
En muchos aspectos, Internet y las nuevas tecnologías han sido una revolución que ha facilitado la vida, pero hay que evitar que nos esclavice.
Si Internet es un bien para la sociedad, que lo es, su uso debería favorecer ciudadanos libres más juiciosos y más solidarios, que desarrollen sus capacidades cerebrales y preservando la salud mental.
Para lograr un uso responsable e inteligente de las nuevas tecnologías, los programas educativos deberían fomentar mentes reflexivas y creativas que sepan establecer límites, utilizando siempre Internet con sensatez, aprendiendo a controlar las pulsiones y entrenándose en como enfrentar las dificultades. Nunca es demasiado tarde.
