l La doctora María Rocío Álvarez López (El Sabinar, Murcia), conocida como doctora Rocío Álvarez, es una eminencia sanitaria en la Región de Murcia y también a nivel nacional. Con una dilatada experiencia profesional, tiene en su currículum algunos logros como haber sido la primera jefa de servicio del hospital Virgen de la Arrixaca de Murcia, estando al frente de la Unidad de Inmunología que ella misma promovió y creó, o haber hecho posible el primer trasplante renal en la Región de Murcia. Pero, más allá de un trabajado y merecido historial de logros profesionales, la doctora Rocío Álvarez es un ejemplo de espíritu curioso y hambre por aprender casi de lo que fuera.
Ante la pregunta de si siempre se quiso dedicar a la salud, la doctora Rocío Álvarez ofrece entre risas una respuesta que bien podría ser un resumen completo de su personalidad y su trayectoria: “¡Qué va! Yo nunca he hecho lo que tenía pensado hacer. He hecho lo que la vida me ha ido poniendo por delante”.
Y es que los comienzos de la doctora Rocío Álvarez están muy alejados de la inmunología que luego sería gran protagonista en su carrera profesional. Estos comienzos tuvieron lugar en la Universidad de Granada, donde la doctora se licenció en Farmacia. “Mi padre quería comprarme una farmacia y que me quedase en el pueblo”, recuerda la doctora, “pero yo no quería, así que solicité una beca con el doctor Mayor Zaragoza, profesor en bioquímica para hacer una tesis. Era muy difícil que me dieran la beca porque entonces solo estaba comenzando la formación de personal investigador, pero me la dieron y me entusiasmé con hacer la tesis en bioquímica, pero mi padre se puso muy enfermo y tuve que renunciar a ella y volver a Murcia”.
A pesar del difícil contexto familiar, el espíritu curioso de la doctora Rocío Álvarez seguía necesitando alimentarse, “así que me armé de valor y me fui a la antigua Arrixaca, hablé con el jefe de Análisis Clínico y solicité poder asistir como oyente. Me dijeron que no podían ofrecerme un salario en ese momento pero que, ese año, se iba a convocar lo que era el examen MIR pero para farmacéuticos, y que solicitase plaza”.
Finalmente, dicha plaza no fue convocada ese primer año, así que la doctora Rocío Álvarez tuvo que dar otro ‘giro de guion’ a su vida y, recomendada por el doctor Candel Parra (quien fuera jefe del Servicio de Hematología del hospital), comenzó a hacer su tesis sobre bioquímica bajo la tutela del doctor Francisco Sabater. “Pero había un problema – recuerda la doctora -: él era experto en bioquímica vegetal, y yo me había especializado en bioquímica animal. Así que me tocó aprender todo lo que no sabía sobre biología y bioquímica vegetal mientras hacía la tesis y mientras era profesora ayudante de clases prácticas porque el doctor Sabater me ofreció ese puesto”.

LA MICROBIOLOGÍA
Tras un año así, la plaza pendiente para farmacéuticos de la que le había hablado el doctor Candel Parra salió ofertada. La doctora Rocío Álvarez la consiguió y pasó a compaginar las mañanas en el hospital con las tardes preparando la tesis. En ese contexto, se cruzó el siguiente paso en su carrera profesional: la microbiología. Durante la rotación tras el examen MIR, conoció a la jefa de sección de microbiología, la doctora Sánchez Calvo, “que me acogió con mucho cariño y, con el tiempo, se convirtió en casi una hermana mayor para mí”.
LA INMUNOLOGÍA
Enamorada de la microbiología, llegó a pensar en quedarse en esa especialidad de forma permanente. Pero entonces, el doctor Candel Parra fue el impulsor del siguiente cambio en la trayectoria profesional de la doctora Álvarez: “me dijo que quería estudiar las enfermedades de la sangre, pero que necesitaba a alguien que le hiciera el diagnóstico. Así conocí la inmunología, estudiando las primeras técnicas de diagnóstico para detectar el mieloma y la leucemia”.
En ese momento, recuerda la doctora Álvarez, “no había equipamiento, no había biblioteca ni revistas científicas. Por supuesto, nada de internet. Así que tuve que ir a Madrid y a Barcelona en búsqueda de las bibliotecas más punteras para encontrar algo, algún libro. Con eso, montamos el laboratorio para diagnosticar el mieloma”.
Por aquel entonces, se podía decir que los métodos que usaba la doctora Rocío Álvarez para lograr el diagnóstico del mieloma eran casi artesanales: “Compraba los anticuerpos antihumanos hechos en ratón y, en unas placas de vidrio diseñadas por mí y que preparaban en talleres, le ponía un gel que elaboraba yo también, lo dejaba que solidificara, y luego hacíamos unos agujeritos con un perforador de cinturones donde poníamos la muestra. A medida que difundía, daba un halo, y el halo era proporcional a unos controles que metíamos, de tal forma que por integración podíamos deducir la cantidad de inmunoglobulina que había”.
Cuando el laboratorio de diagnóstico de mieloma estuvo a punto, y tras una estancia en Madrid mejorando este conocimiento, “empecé a montar el diagnóstico de enfermedades autoinmunes. Poco a poco fui creciendo en los aspectos que abarcaba la inmunología de entonces”, explica la doctora Rocío Álvarez.
LOS TRASPLANTES
Poco tiempo después, el espíritu inquieto de la doctora comenzó a tocar a la puerta de nuevo “y, en ese momento, se comenzaba a hablar en Europa sobre trasplantes, así que me fui a hacer un curso de trasplante renal a Barcelona y, al volver, comencé a buscar reactivos para saber las características de los donantes y los receptores, que es lo que hay que hacer antes de poder hacer un trasplante”.

Esta tarea, que le llevó a la doctora los siguientes dos años, también la llevó a cabo de una forma muy rudimentaria y artesanal, lejos de la manera en la que se hace ahora mismo: “cogíamos muestras de mujeres que hubieran tenido varios embarazos porque, cuando hay un embarazo, la mujer reacciona contra los antígenos leucocitarios del hombre y crea anticuerpos. Por eso, poníamos en una placa el suero de la mujer multípara y los linfocitos del paciente que se tratara de identificar. Si los sueros mataban a los linfocitos del paciente es que había anticuerpos. Entonces esos sueros los seleccionábamos, pero esto quiere decir que teníamos que examinar a lo mejor 100 sueros para encontrar alguno con anticuerpos. Así estuve dos años hasta que reuní un pequeño grupo de sueros positivos”.
Con este material, recuerda la doctora Álvarez, “me fui a Barcelona y contrasté lo que yo hacía con lo que hacían en el Hospital Clínico, y me intercambié sueros con ellos. Era como un juego de cromos en el que nos intercambiábamos los sueros que teníamos. Así, reuní unas baterías para poder estudiar cuáles eran las características de un paciente que necesitaba un trasplante. Y, con ellos, empezamos a caracterizar donantes y pacientes candidatos a un trasplante”.
Ya siendo directora del laboratorio de histocompatibilidad, la doctora Rocío Álvarez fue reconocida como inmunóloga, cambiando el cargo de analista que ostentaba. Logrado esto, era el turno de la siguiente conquista: realizar el primer trasplante renal de la Región de Murcia. “Yo había reunido toda esa batería de muestras de reactivos, pero no había cirujanos ni urólogos formados para hacer el trasplante y yo no quería quedarme en esa rutina, así que le escribí a un doctor que había conocido en el curso de trasplantes de Barcelona y le pregunté si me podía aceptar para una estancia post-doctoral en su laboratorio. Lo que no sabía en ese momento, cuando llegué a París, es que le acababan de dar el Nobel de Medicina”, narra la doctora Álvarez.
Al regresar de París, en el año 1985, la doctora Rocío Álvarez unida a la doctora Luisa Gimeno, lograron que tuviera lugar el primer trasplante renal en la Región de Murcia. “Entonces teníamos caracterizados a los receptores, pero no a los donantes. La doctora Luisa Gimeno iba a la UCI para conseguir los órganos y durante la extracción del órgano, extraían también el bazo del donante y me lo mandaban a mí, para que obtuviera los linfocitos y pudiera analizar la compatibilidad con la persona que debía recibir el trasplante”.
Para conseguir esto, la sanidad murciana asistía a otro capítulo de ‘artesanía médica’: “Había que extraer los linfocitos de la sangre y del bazo y separarlos de los glóbulos rojos por un método de centrifugación por gradiente de densidad. Pero hay dos tipos de linfocitos T y B que teníamos que separarlos también para proceder a la tipificación de los dos tipos de Antígenos Leucocitarios Humanos (HLA, del inglés) por entonces conocidos. Para esta separación usábamos fibras de nilón, para lo que íbamos a una colchonería, comprábamos almohadas, sacábamos la fibra de nilón, la lavábamos bien y la usábamos como colador. Los linfocitos T se filtraban y los B se quedaban adheridos y eran recuperados después de disgregar la fibra con varios lavados. Una vez separados servían para estudiar respectivamente los antígenos de clase I y II en la pareja donante-paciente. Esto ocupaba unas 24 horas, mientras que ahora se logra en 3 o 4”.

UNA CARRERA SIN PRECEDENTES
“Pero mis dificultades no acabaron ahí: Yo era farmacéutica y, al año siguiente, salió la Ley de Especialidades y solo incluía a médicos y biólogos para reconocer la especialidad en Inmunología. Los farmacéuticos no estaban incluidos. Con lo cual, yo no pude pedir la especialidad del Ministerio de Educación. Tenía la del Ministerio de Sanidad, pero no del de Educación. Sacaron la plaza de jefe de Sección a concurso, me presento y me excluyen, porque no era médico ni biólogo. Entonces pensé ¿qué hago, me vuelvo a microbiología y empiezo de nuevo o sigo adelante con las dificultades? Yo nunca tomé el camino fácil, así que recurrí en el Tribunal Provincial, perdí y lo llevé al Tribunal Supremo, donde gané. Estuve siete años para que me reconocieran la plaza”. A raíz de eso, la doctora Rocío Álvarez fue nombrada la primera Jefa de Inmunología y primera mujer jefa de servicio.
Tras estos logros profesionales (ser la primera farmacéutica murciana en acceder al MIR nacional, en 1972; ser la considerada como introductora de la inmunología en la Región dos años después, ser la creadora y primera directora del Laboratorio Regional de Histocompatibilidad e Inmunogenética; o ser la primera mujer Jefa de Servicio, entre otros), la carrera de la doctora Rocío Álvarez continuó sin dejar atrás ese espíritu curioso, participando en más de 47 proyectos de investigación, siendo autora de más de 140 artículos, 3 libros y 350 comunicaciones en congresos, entre otros hitos hasta su jubilación en 2014 e incluso después, hasta día de hoy.
MENSAJE DE LA DOCTORA
Llama la atención, en una carrera llena de logros como la de la doctora Rocío Álvarez, la ausencia del habitual deseo de ostentar un gran cargo. En el caso de la reputada inmunóloga, el motor que le movió durante toda su trayectoria profesional era más simple, más básico, pero igual de potente: el imparable deseo de aprender. “Eso lo heredé de mi abuela. Mi abuela era una persona de estudios primarios, que sabía de labores, aprendió a leer fluidamente sola, y leía muchas novelas. Era curiosa y muy inventora, y me decía ‘nena, nunca digas ‘no sé hacerlo’ cuando algo se te ponga por delante. Todo se sabe hacer si se quiere hacer’”. Con esta ‘herencia familiar’, la doctora Rocío Álvarez fue conquistando metas laborales que ni ella misma tenía como objetivo, no sin dificultad ni sin sentirse, a veces fuera de lugar: “en mi primera etapa, al no ser médico, a veces me sentía como un injerto en órgano extraño, que experimentaba pequeñas crisis de rechazo agudo, pero lograba superar esto con un tratamiento inmunosupresor específico de paciencia y perseverancia en el trabajo en que creía firmemente”.
Con tal lección aprendida, le pedimos a la doctora Álvarez que transmita otra lección a las jóvenes de espíritu curioso que tengan ese mismo deseo de aprender pero que estén dudando si es un camino que merece la pena: “Lo que les diría es que aprendan. Aprender siempre merece la pena, aunque sea difícil. Con entusiasmo, ilusión y ganas, al final lo consigues y ya se sabe el que resiste, gana”.

