ESPECIAL NAVIDAD
La Navidad, una época sinónimo de alegría, reencuentros y tradición, a menudo se idealiza como un período de perfecta armonía familiar. Sin embargo, detrás del brillo festivo y las mesas rebosantes, se esconde una realidad mucho más compleja: las discusiones familiares. Estos conflictos, a menudo latentes durante el resto del año, encuentran un terreno fértil para manifestarse durante las comidas y cenas navideñas, convirtiendo lo que debería ser una celebración de unión en un escenario de tensión.
Nos adentramos en el fenómeno de las disputas que surgen cuando la familia se congrega en torno a la mesa festiva. Analizaremos no solo las causas subyacentes (que van desde viejas rencillas y dinámicas de poder no resueltas, hasta la presión por cumplir expectativas y el consumo de alcohol) sino también el impacto psicológico y emocional que estas confrontaciones tienen en los individuos y en la atmósfera general de la celebración.
Hablamos con Claudia Pérez González, colegiada MU-04474 del Colegio Oficial de Psicología de la Región de Murcia. Psicóloga sanitaria, perito forense y coordinadora de parentalidad. Participa en las reuniones de trabajo del área de psicología jurídica y forense y en las de coordinación de parentalidad, habiendo participado en un proyecto piloto de investigación realizado recientemente por este colegio profesional sobre la intervención psicológica en coordinación de parentalidad.
¿Cuáles son los detonantes o temas más comunes que suelen provocar discusiones familiares durante las comidas y cenas navideñas?
CLAUDIA PÉREZ GONZÁLEZ: Los principales detonantes suelen estar relacionados con diferencias en opiniones políticas o en temas de actualidad, como discrepancias ideológicas en torno a medidas legislativas (por ejemplo: inmigración, impuestos, religión, feminismo o derechos sociales). Además de esto, son frecuentes los conflictos de tipo económico, que pueden incluir desacuerdos sobre herencias, propiedades, reparto de bienes o sensación de desigualdad entre hermanos. En relación con las familias, las diferencias en la forma de educar a los hijos o los roces con la familia política se suman a otros motivos de conflicto típicos de estas fechas. Asimismo, las dificultades en la pareja suelen aumentar al compartir más tiempo y momentos juntos, lo que puede generar conflictos relacionados con la familia o con las expectativas de cada uno. Por otro lado, también se incluyen temas más personales como juicios u opiniones, a veces disfrazadas de humor, malentendidos, comentarios percibidos como ofensivos o desacuerdos sobre la propia organización de la festividad (lugar de celebración, costes, menú, regalos, entre otros) que pueden convertirse fácilmente en fuente de tensión y desacuerdo.
¿Cuáles son las causas subyacentes más comunes que se esconden detrás de estas discusiones?
C.P.G: Las reuniones familiares durante las fiestas navideñas suelen ser momentos de reencuentro con muchos familiares con los que no siempre se mantiene un contacto frecuente, e incluso con la familia política, con quienes ya partimos de una relación previa de naturaleza muy diversa.
En el caso de las parejas, la presencia de dudas o malestar en la relación puede propiciar discusiones e incluso rupturas, dado que estas fechas implican compartir tiempo y la integración de la pareja en el entorno familiar.
Es un momento de mayor sensibilidad emocional, especialmente al recordar a los seres queridos que ya no están, lo que puede despertar emociones de nostalgia o tristeza. A esto se les suman las expectativas sociales y emocionales asociadas a estas fechas, como compartir, celebrar, mantener tradiciones o cumplir con ciertos convencionalismos, así como las diferencias en la manera de vivir las festividades.
En un plano más profundo, los conflictos suelen surgir por dificultades en la gestión emocional, la falta de autoconciencia y la escasa práctica del respeto, la empatía y la aceptación de las diferencias. Todo esto sumado a que normalmente las personas suelen actuar en ‘piloto automático’, influenciadas por interpretaciones sesgadas (“lo hace para molestarme”, “me lo dice con mala intención”, “quiere hacerme daño”), aumenta la probabilidad de que aparezcan los malentendidos y las reacciones defensivas.
Además, el consumo de alcohol, frecuente en este tipo de celebraciones, reduce la inhibición y la capacidad de autorregulación emocional, lo que puede intensificar las tensiones o facilitar la expresión de aspectos que normalmente se evitarían.
¿Qué estrategias concretas y prácticas podemos aplicar en el momento para desactivar una discusión o evitar que escale la tensión en la mesa?
C.P.G: El primer paso es tomar conciencia de que somos seres sociales y emocionales y que el conflicto, bien entendido, forma parte natural e inevitable de la experiencia humana.
El segundo paso es tener la voluntad de no dejarnos arrastrar por el conflicto durante estas celebraciones. Debemos considerar que no es el mejor momento para entrar en debates polémicos que escalen la tensión, quizá porque hemos bebido y eso afecta a nuestra lucidez, o porque con alta probabilidad habrá niños/as presentes a los que no queremos exponer a discusiones adultas que puedan alterar su recuerdo de unas navidades felices, o incluso representar un mal ejemplo para ellos. Aquí entra en juego nuestro sentido de la responsabilidad, poniendo límites a alguien que intenta generar un conflicto. Como dice el refrán: “si uno no quiere, dos no se pelean”; alguien tiene que detener la escalada y decidir no entrar en discusiones.

Para lograrlo, podemos recurrir a habilidades sociales como la asertividad, que implica la validación emocional de la otra persona, la expresión de nuestras necesidades (por ejemplo, pedir parar la discusión) y proponer un acuerdo. Esto debe expresarse con un tono calmado, aunque firme. Por ejemplo, ante un conflicto no resuelto entre dos familiares, podemos comenzar validando la emoción de la otra persona, reconociendo que es un tema importante, pero proponiendo abordarlo en otro momento más adecuado.
En el caso de discrepancias ideológicas o políticas, es útil mantener una mente abierta y respetuosa ya que el hecho de poseer ideas que difieran no implica necesariamente que no podamos vincularnos con una persona o compartir momentos de celebración. Aun así, si la conversación deriva hacia un aspecto polémico, podemos desviar la conversación o solicitar amablemente cambiar de tema.
¿Cómo puede una persona gestionar la frustración o el enfado si es el blanco de comentarios hirientes o provocaciones por parte de un familiar?
C.P.G: Si centramos nuestra atención en nuestras emociones de enfado o frustración, lo primero y más rápido es emplear técnicas de regulación emocional como la respiración diafragmática o el salir durante unos minutos del lugar con el objetivo de recuperar la serenidad antes de volver a la mesa.
Sin embargo, cuando nos centramos solo en la emoción, obviamos una parte muy relevante, que es el pensamiento, o más bien, la interpretación que hacemos sobre las situaciones de interacción social. En este caso, el abordaje requiere de un mayor nivel de conciencia y cierto entrenamiento. Esto implica parar y analizar si hay algo en mi pensamiento que pueda estar distorsionando la realidad (exagerando lo que se nos dice, atribuyendo intenciones negativas o interpretando que el otro busca provocarnos).
Puede suceder que, efectivamente, haya ocasiones en las que la otra persona intente herirnos. Sin embargo, incluso en esas situaciones, la opción que refleja mayor responsabilidad emocional consiste en tratar de comprender qué puede haber detrás de ese comportamiento, mediante un ejercicio combinado de empatía e introspección: La empatía nos ayuda a valorar las motivaciones de la otra persona, que en muchos casos refleja su dificultad para expresar emociones o desacuerdos de manera adecuada. Por otra parte, la introspección nos permite reconocer por qué determinadas palabras o actitudes nos duelen o afectan con tanta intensidad, pudiendo, además, revelar heridas que quizá aún no han sanado.
En cualquier caso, si estas situaciones se repiten, es fundamental actuar desde el autocuidado y la responsabilidad con uno/a mismo/a mediante la interposición de límites claros, ya sea de forma verbal (solicitando de forma adecuada el cese de este tipo de comentarios) o incluso, si es necesario, de forma conductual, tomando distancia o decidiendo no compartir más tiempo con esa persona si la relación resulta más dañina que beneficiosa.
Después de una discusión, ¿cuál es la mejor manera de abordar el conflicto con el familiar involucrado para evitar resentimientos duraderos, y cuándo es el momento adecuado para hacerlo?
C.P.G: Partiendo de que el momento de la celebración no es el más adecuado para resolver discrepancias, conviene recordar que tampoco existe un momento perfecto para abordar un conflicto. Lo importante es que ambas partes estén dispuestas a mantener una conversación tranquila, en un entorno donde las emociones estén algo más calmadas, de modo que no dominen el encuentro y se propicie una comunicación serena.
Como ya se ha comentado, el enfoque de la asertividad es una buena herramienta para expresar de forma adecuada el malestar y las discrepancias a la otra persona. Esto garantiza la expresión de las necesidades y opiniones propias sin atacar ni defenderse, y promueve la disposición para escuchar y comprender el punto de vista opuesto. Todo ello contribuye a generar un clima de respeto mutuo. Aunque este enfoque no garantiza la resolución del conflicto, sí brinda un espacio de escucha entre las partes que ayuda a consolidar el vínculo emocional y a buscar un punto de entendimiento◙

