Cuando el amor es una trampa

ESPECIAL 25N | El testimonio de una víctima de trastorno narcisista explicado a través de un libro

El trastorno de la personalidad narcisista es una afección mental en la que una persona tiene un sentido exagerado de su propia importancia, una necesidad profunda y constante de atención y admiración, y una notable falta de empatía hacia los demás.

Debido a estas características, las personas con este trastorno suelen tener relaciones interpersonales conflictivas y superficiales. Tienden a ver a los de más como una extensión de sí mismos o como herramientas para satisfacer sus propias necesidades, lo que casi siempre conduce al abuso emocional y a la manipulación.

Débora Palop (Santa Coloma de Gramanet, 1984), es vecina de Murcia, y una periodista muy conocida en el ámbito regional. En realidad, su vocación la empujó a comenzar estudios en psicología, pero por avatares del destino acabó enfocada en la comunicación. Desde siempre, la periodista ha sentido un profundo interés por la psicología y ha mantenido un impulso constante hacia la escritura. Así, ha decidido canalizar esa pasión por ambos campos en un relato crudo que aborda el abuso psicológico en primera persona: ‘Dejé de ser yo’.

¿Podrías contarnos cómo era la relación en sus inicios?

La periodista Débora Palop Foto: Anna Garcia

DÉBORA PALOP: Como suelen empezar todas las relaciones, con mucha idealización, mucha fantasía… pero con demasiado frenesí, el famoso bombardeo de amor, que consiste en mucha atención, muchas llamadas, citas fantásticas. Llegas a pensar que todo lo que has soñado respecto a una pareja se ha materializado; poco a poco ves que todo eso era una ilusión.

Debo decir que, a pesar de esa ‘magia’, que siempre es fingida, yo siempre tenía intuiciones extrañas, tenía la sensación de que todo aquello, tanta maravilla, no podía ser real. El instinto me estaba diciendo algo, pero no me hice caso; ese es el principal problema: no hacerse caso.

Al inicio de una relación quieres que todo vaya bien y haces lo posible para que vaya bien. En concreto, teníamos citas muy bonitas: frente al mar, en restaurantes preciosos, en entornos naturales muy bonitos… pero tras esos momentos supuestamente idílicos, siempre había momentos extraños. Es una mezcla entre lo maravilloso y lo oscuro.

¿Cómo describirías a esta persona en ese momento?

D.P: Viéndolo en retrospectiva, se debatía entre la maldad y que no daba para más. He pensado mucho en su comportamiento y, visto desde la perspectiva de hoy, con todo lo que sé, pienso que es una persona con un trastorno de la personalidad que le hace ser así, para su desgracia, y que no creo que tenga ningún remedio.

Me consta que en su día fue al psiquiatra para superar una relación anterior y dejó la medicación en breve; no fue a tratarse nada sobre su trastorno, que por supuesto no aceptará nunca. Hablando mal y pronto, es una mezcla entre tonto y mala gente, sin más; gente que no da para más que para ser maligno, su carencia de empatía les hace ser así.

¿Cuándo empezaste a notar que algo no iba bien?

D.P: Como digo, ya al inicio mi instinto me decía que toda aquella maravilla no podía ser real, de hecho, a veces, cuando quedábamos, tenía la sensación de que no iba a venir. Otros detalles, como su hermetismo con su vida, me hacían sospechar. Le preguntabas sobre sus planes y siempre contestaba con evasivas. Claramente no quería dar información, se iba con otras chicas.

Su manera de hablar también me hacía pensar que algo no iba bien: utilizaba mucho la técnica de manipulación de la ensalada de palabras. Empezaba a hablar de cosas relacionadas, por ejemplo, con Dios y el universo, pero de una manera muy extraña, haciéndote sentir inferior, culpable de no sé qué cosas, y las conversaciones empezaban a entrar en un bucle del que era imposible salir. Acababa llorando y sin saber qué estaba pasando, era aterrador.

¿Podrías darme un ejemplo de una situación en la que te sentiste desvalorizada?

D.P: Al principio me animaba mucho con mi trabajo. Soy periodista. Estábamos pasando una mala racha en la radio y tuve que empezar a trabajar en otra empresa, y siempre decía que yo era una mujer con muchos recursos. Sin embargo, una noche me contrataron para presentar un evento y, al acabar, se desató su ira hacia mí, diciéndome que era normal que todo me saliera mal, que lo había hecho fatal y que así no iba a prosperar. Nunca entendí aquello. Le movía la envidia, creo, y desvalorizándote es la única manera que tienen para hundirte.

¿Qué tipo de comentarios o acciones usaba para controlarte o manipularte?

D.P: No era el típico celoso posesivo, de hecho, justo al contrario. La comunicación no era su fuerte y prefería martirizarme a través del móvil: ignorándome, colgando el teléfono a mitad de llamada, desapareciendo… pero, igualmente, eso era una forma de manipulación.

También imponía muchas restricciones con la comida. Por ejemplo, me vigilaba lo que comía y bebía; era una persona excesivamente obsesionada con la alimentación y me prohibía ciertos alimentos. Demonizaba cualquier cosa: un simple batido de chocolate, por ejemplo, no me dejaba llevarlo a su casa.

Al final de la relación, sí que empezó a mostrar un comportamiento mucho más controlador, cuando ya percibía que la cosa se acababa. No le gustaba que hiciera actividades en mi ciudad, porque eso significaba pasar menos tiempo con él, y no lo toleraba.

Cuando empezó a aislarte de tus amigos o familiares, ¿por qué lo aceptaste?

D.P: Por suerte, la relación duró poco y, si hubo intentos de aislarme, no lo consiguió. Yo siempre intenté introducirlo en mi círculo; el problema era que mi círculo no quería saber nada de él, incluso lo llegaban a excluir. Pero nunca perdí el vínculo ni con mi familia ni con mis amigos. Al contrario, gracias a ellos y a contarles todo, pude salir de ahí.

Como digo anteriormente, al final de la relación sí que le molestaba que yo hiciera actividades en mi ciudad, ya que eso suponía vernos menos, e intentó que dejara de hacerlas, pero no cedí. Yo ya estaba despierta y consciente.

También me gustaría señalar que no es cuestión de aceptar o no aceptar. Las víctimas de malos tratos no aceptamos el maltrato. Se producen muchos procesos psicológicos que hacen muy difícil salir de esta situación. El foco hay que ponerlo en el maltratador, no en si las víctimas aceptamos. Asumimos cosas porque no podemos hacer otra cosa.

Hay que hacer mucha pedagogía sobre esto y poner el foco en el maltratador, no en la víctima, porque al final lo que se hace es revictimizar. Cada vez que alguien pregunta: ¿Y cómo aguantas te? o ¿Cómo lo permitiste? o cuestiones similares, se está descargando la responsabilidad en la víctima, que en muchas ocasiones ni siquiera es consciente de lo que le pasa. Deberíamos preguntarnos, en cambio, qué le pasa al maltratador.

En mi libro recojo una frase de la editora Sol Salama que resume muy bien todo esto que intento explicar: “Me duele a veces la simpleza. Contar a alguien una experiencia emocional dolorosa y que la respuesta sea: ‘¿Pero cómo no has salido ya de ahí?’ ¿Pues no será porque no he podido, mi alma?”

¿Cómo afectó esta relación tu autoestima y confianza en ti misma?

D.P: Al principio no me afectaba, pero al final me fui desdibujando un poco, estaba agotada de toda la situación de abuso. Veo fotos del final de la relación y estaba gris, me sentía apática. Pero, gracias a mi propia fuerza interior, no consiguió lo que muchos intentan con las mujeres: cambiarles la forma de vestir, hacerles creer que no son bellas o que son tontas… No consiguió nada de eso, afortunadamente. El no vivir juntos me dejaba mucho espacio para no caer en sus juegos.

Si bien es cierto que al principio le encantaba mi ropa, después todo eran pegas, pero no le hice mucho caso. Él tampoco era precisamente un ejemplo de nada. Así que seguí confiando en mí misma, aunque destruyera mi visión sobre la vida (que no mi autoestima). Me hizo sentir el fracaso, o lo que pensamos que es el fracaso sobre las relaciones.

¿Perduran aún las secuelas?

D.P: Sin duda, una relación de maltrato deja huellas en muchos aspectos. Le envié un ejemplar de mi libro a un colega escritor y me preguntó si tenía pareja. Le dije: sí, pero duermo con un ojo abierto. Yo no me fío de nadie. Es difícil, muy difícil. Cualquier cosa puede servirte como disparador de relaciones del pasado. Es complicado volver a creer en la gente cuando han destruido tu esencia, pero, trabajando en ello, el dolor se va mitigando◙






















Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados