Los avances en salud dependen de la investigación, pero en muchas ocasiones, estos estudios se realizan en base a la fisionomía y las características de los hombres, dando lugar a lo que se conoce como sesgo de género. La doctora Ana Peiro, médica especialista en Farmacología Clínica y Doctora en Neuropsicofarmacología por la UAB, referente en la incorporación de la perspectiva de género a la investigación en farmacología, y parte de la Junta Directiva de la Plataforma ‘Mujer y Dolor’, explica el alcance y las consecuencias que puede tener esta situación.
En el diálogo de la Plataforma Mujer y Dolor se advirtió de que solo el 16% de los estudios y ensayos clínicos se enfocan en función del género. ¿Podría explicar qué significa y supone esto?

ANA PEIRO: Significa que existe una ‘brecha de datos’ que ayuda a explicar la llamada paradoja de la salud de las mujeres: aunque vivimos más años que los hombres, pasamos un 25% más de nuestra vida con mala salud o discapacidad. Esta falta de conocimiento provoca diagnósticos tardíos y errores diagnósticos en cientos de patologías (la doctora Teresa Ruiz Cantero habla de unas 700) porque, al no incluirnos adecuadamente en la investigación, no se analizan las diferencias biológicas, (hormonales, genéticas, el volumen de distribución de grasa, la variabilidad hormonal o el ciclo menstrual) ni su interacción con el género (roles sociales, cargas de cuidados, identidades), generando sesgos que afectan directamente a nuestra salud.
Como consecuencia, muchos fármacos se diseñan y ajustan a partir de datos mayoritariamente masculinos, lo que hace que se pierdan señales clave sobre efectos adversos o dosis adecuadas y se perpetúe una inequidad especialmente llamativa si se considera que las mujeres somos la mitad de la humanidad, más medicadas pero, paradójicamente, peor estudiadas. Y lo más preocupante es que esta desigualdad no solo afecta a las pacientes: aunque las mujeres representan el 60% del personal médico, solo lideran el 20% de los proyectos de investigación clínica. Quien formula la pregunta de investigación, también pone el foco y este, sigue necesitando a un 30% más de mujeres.
En el mismo espacio se afirmó que solo el 50% de las investigaciones tienen datos diferenciados por sexos. ¿Qué opina usted acerca de este dato?
A.P.:Es muy habitual que, en las tablas descriptivas de los ensayos clínicos, solo se indique el porcentaje de mujeres incluidas y que ese dato quede aislado, sin un análisis diferenciado por sexo. Sin embargo, no analizar los resultados por sexo supone una pérdida enorme de información y de oportunidad: impide detectar diferencias en eficacia, seguridad, dosis, síntomas o efectos adversos; dificulta identificar riesgos específicos para las mujeres; y perpetúa un modelo biomédico construido sobre hombres.
De hecho, fármacos tan comunes como los antihipertensivos, antipsicóticos, analgésicos opioides o estatinas muestran variaciones claras en eficacia y efectos secundarios según el sexo. Llevado al extremo, resulta que un medicamento que era un fomentaba la lívido en las mujeres tenía interacciones con el alcohol y, para evaluar ese efecto secundario, se hicieron pruebas en 25 voluntarios sanos, de los que solo dos eran mujeres ¡Y se publicó!
Todo ello genera sesgo de género en la asistencia sanitaria, es decir, diferencias injustificadas en el diagnóstico y tratamiento entre hombres y mujeres con la misma necesidad clínica. Este sesgo, fruto de la inercia androcéntrica en la investigación, los estereotipos y las brechas formativas, se traduce en diagnósticos tardíos, peor manejo del dolor y mayor riesgo de efectos adversos en mujeres.
¿A qué cree que se debe esta falta de atención o esta discriminación al género femenino dentro de la investigación clínica?
A.P.: Esta falta de atención a las mujeres en la investigación clínica no es casual, sino el resultado de factores históricos y estructurales que se han ido acumulando. Durante décadas, el hombre fue considerado el ‘modelo estándar’ de la biomedicina, y esa inercia todavía persiste: se asumía que estudiar a mujeres era ‘complicar’ los ensayos por los ciclos hormonales, el embarazo o la necesidad de controles adicionales, cuando en realidad esa variabilidad forma parte de la biología humana. Además, el género puede amplificar las inequidades derivadas de la situación socioeconómica, la edad, la etnia o la discapacidad, entre otras.
A esto se suma que muchos comités, equipos de investigación y órganos de decisión han estado tradicionalmente formados mayoritariamente por hombres, lo que ha influido en qué preguntas se consideran prioritarias.
También existe un componente económico: incluir suficientes mujeres, analizar los datos por sexo o diseñar estudios específicos requiere más recursos, y durante años no se ha visto como una necesidad científica sino como un ‘extra’. Finalmente, pesa un sesgo cultural profundo: la idea de que lo masculino es universal y lo femenino es una excepción, somos consideradas ‘atípicas’ en muchas patologías.

¿De qué manera esta falta de atención o discriminación repercute en la salud de las mujeres? Si puede poner ejemplos de casos concretos.
A.P.: Ante una misma enfermedad en hombres y mujeres, los diagnósticos pueden ser distintos. Ello conlleva retraso en el diagnóstico y, por ende, en el tratamiento. Un ejemplo vendría a ser las enfermedades reumáticas: históricamente, pensamos que la afectación del esqueleto axial es más masculina, mientras que la artritis periférica es más típicamente femenina. En este sentido, hay retrasos en el diagnóstico de osteoporosis o artritis reumatoide en los hombres, ya que son enfermedades que se atribuyen a las mujeres y, por otro lado, el diagnóstico de espondiloartropatía es tardío en las mujeres, pues se etiqueta con frecuencia de fibromialgia. Otro ejemplo interesante es la enfermedad inflamatoria intestinal: muchas mujeres con colitis ulcerosa o enfermedad de Crohn son diagnosticadas inicialmente de colon irritable.
El caso más conocido es el de zolpidem, cuya dosis tuvo que reducirse a la mitad para mujeres cuando se comprobó que ellas lo metabolizaban más lentamente y sufrían más somnolencia y accidentes. En el dolor crónico, también las mujeres presentan mayor prevalencia y peor respuesta a ciertos analgésicos, pero los ensayos rara vez analizan estas diferencias.
Hace poco, en Salud21 nos hacíamos eco de que el infarto en mujeres tiene síntomas diferente al infarto en hombres. También han salido estudios recientes que indican que la idea de dormir ocho horas al día también está basada en las necesidades del hombre. ¿Qué otras convicciones o conocimientos populares sobre salud están basadas únicamente en las necesidades, especificaciones o características de los hombres?
A.P.: Hay muchísimos ejemplos, esto ocurre con los valores de referencia de laboratorio, definidos históricamente con muestras de hombres; con las pruebas de esfuerzo cardiaco, menos sensibles en mujeres; o incluso con los maniquíes de seguridad vial, diseñados con cuerpos masculinos, lo que explica que las mujeres sufran más lesiones en accidentes. En resumen, hay que reconceptualizar la mayor parte de recomendaciones de salud e incluir en la enseñanza universitaria el análisis de la interacción sexo/género para evitar esta ceguera colectiva que es tan maleficente para el sistema.
¿De qué manera se podría fomentar que la investigación en salud cambie de rumbo para incluir a las mujeres?
A.P.: Debe ser multinivel. Es imprescindible exigir por ley que los estudios clínicos incluyan suficientes mujeres y analicen los datos por sexo; financiar preferentemente los proyectos que incorporen perspectiva de género; formar a investigadores, clínicos y comités éticos en la importancia de estas diferencias; actualizar guías clínicas y protocolos para que contemplen las especificidades femeninas;y, por último, visibilizar el problema —desde las instituciones, los medios y la divulgación científica— para que deje de considerarse opcional y pase a ser un estándar de calidad. Como estamos haciendo hoy aquí: visibilizar y actuar.
Además, los ensayos sin mujeres al frente suelen reclutar menos participantes mujeres, lo que perpetúa que las decisiones clínicas basadas en datos de hombres. Promover un liderazgo femenino equitativo no resta oportunidades a los hombres: mejora la calidad de la investigación, favorece equipos más colaborativos y, en última instancia, beneficia a los pacientes y a la ciencia.
¿Habría que hacer ensayos clínicos específicos sobre mujeres o se podría, simplemente, implementar en los que ya se están realizando?
A.P.: Según el Informe Global sobre la Brecha de Género 2025 del Foro Económico Mundial, al ritmo actual harían falta 123 años para alcanzar la paridad global. Y, sin embargo, sabemos que cerrar la brecha de género no solo es justo, sino también eficiente: solo en el mercado laboral, eliminarla podría elevar el PIB un 17%, una cifra que evidencia que incorporar a las mujeres —en todos los niveles— no es un coste, sino una inversión. En salud ocurre lo mismo: necesitamos generar una ciencia que incluya a toda la población. Para ello es imprescindible que todos los ensayos clínicos incorporen suficientes mujeres y analicen los resultados por sexo, porque muchas veces se incluyen, pero no se estudian.
Ahora bien, hay situaciones en las que sí se requieren ensayos específicos en mujeres, especialmente en patologías que las afectan mayoritariamente, como las enfermedades autoinmunes (lupus, artritis reumatoide), el dolor crónico (migraña, fibromialgia), la osteoporosis o las enfermedades cardiovasculares, que causan alrededor del 35% de las muertes femeninas en Europa y España —diez veces más que el cáncer de mama, responsable del 3–4%—, aunque no se perciban como una amenaza porque históricamente se han estudiado y comunicado desde un patrón masculino. A ello se suma la salud mental: la mayor prevalencia de ansiedad y depresión en mujeres podría ser también consecuencia de un sistema sanitario que no siempre las reconoce, y del impacto acumulado de los roles y cargas de género.
En resumen, la ciencia es mejor cuando integra el sexo y el género porque cada célula tiene un sexo y cada persona está atravesada por el género, y ambos influyen en el riesgo de enfermar, en la respuesta a los tratamientos y en el acceso a la atención. Solo así podremos comprender mejor por qué hombres y mujeres enferman y mueren de forma distinta y, sobre todo, mejorar la salud de toda la población◙

