Vivimos en la era de lo digital y la multitarea. Poco a poco, hemos normalizado pasar más tiempo delante de pantallas que mirando más allá, y también la costumbre de hacer varias cosas al mismo tiempo. Eso, como podía preverse, tiene consecuencias en la salud tanto física como mental de la población.
Belén Pérez, de treinta años y natural de Murcia, estaba metida de pleno en esta rueda. Estudió ADE Internacional y comenzó a trabajar para una multinacional tecnológica. Ese tipo de trabajos que suenan a estabilidad, a progreso y a seguridad. Pero algo se cruzó en la vida de Belén que hizo que tomase la decisión de dar un giro de 180 grados a su vida: la cerámica.
Todo comenzó como un hobbie que le servía de escapatoria para contrarrestar todas las horas de reuniones, pantallas y monotonía que Belén tenía en su trabajo. “Era mi momento favorito de la semana” recuerda Belén, “y me di cuenta de que no quería pasar el resto de mi vida en un ordenador, utilizando Excel y en un trabajo estresante, con horarios locos”.

Tal fue su convicción que dejó el trabajo para apuntarse a la Escuela Oficial de Cerámica, donde cursó un Grado en Alfarería. “A nadie en mi entorno le sorprendió mi decisión. Ya sabían que era lo que a mí me gustaba, siempre estaba hablando de cerámica. Es verdad que fue un cambio radical, porque dejaba atrás una estabilidad y un buen sueldo, pero también pensé “tengo 28 años, si no lo intento ahora, no lo voy a intentar nunca y siempre puedo volver a la oficina”, explica Belén.
Además de aprender sobre la técnica y la parte práctica de la alfarería, Belén se empapó de toda la historia y cultura que hay detrás de este oficio. “En el Grado hay un montón de asignaturas que aportan más conocimiento, como dibujo técnico, dibujo artístico, química para saber toda la formulación de esmaltes, historia de la cerámica. Es súper completo y te da una idea general de la cerámica”, cuenta Belén.
Y es que son múltiples los beneficios que Belén siente cuando tiene las manos en el torno de cerámica, cubiertas de barro. “Es desconexión, calma, relajación. También aprender a manejar la frustración y el desapego cuando una pieza no sale como tú querías, se rompe y tienes que volver a empezar. Para mí, es como una meditación porque estás concentrada en lo que estás haciendo con las manos y se te olvida el resto. Es algo que no puedes hacer mientras estás con el móvil, requiere toda tu atención”.
TILDE Y SU CARRERA
Después de aprender alfarería, antes de lanzarse a desarrollar su proyecto personal como artista, Belén decide regresar a su ciudad natal, Murcia, para abrir un taller de cerámica en el centro urbano. Así nace Tilde, un espacio ubicado en el barrio de Santa Eulalia que te transporta lejos del bullicio neurálgico de esa zona. “Me gusta mucho la enseñanza y creo que, a día de hoy, la gente necesita tener un contacto creativo, trabajar con las manos, desconectar de todas las pantallas, del jaleo diario. Quería abrir un espacio donde la gente pudiese venir, aprender, relajarse, desconectar, y en el centro de Murcia eso todavía no existía” explica la propietaria de Tilde.
Inaugurado en septiembre del año pasado, ya es el refugio de muchos alumnos, sobre todo chicas. “Es gente MUY variada, de 18 a más de 80 años. Tengo incluso señoras que vienen con sus hijas y sus nietas”. Esta variedad entre las personas que deciden iniciarse en la cerámica también amplía los beneficios de esta práctica: algunas huyen de la soledad, otras se distraen de la ajetreada vida laboral o familiar, otras cumplen ese deseo de probar algo nuevo.
Ahora que el taller ya va sobre ruedas, Belén Pérez quiere recuperar ese proyecto artístico personal, “quiero dedicar un ratito todas las mañanas a mi propia obra porque, al final, la enseñanza me encanta pero también echo de menos tocar el barro y hacer mis propias obras que fue lo que me motivó a iniciarme en este mundo”, asegura◙

