Hace un año saltaban las alarmas por la posible falta de medicamentos para las personas diabéticas derivada de la nueva popularidad del Ozempic para adelgazar. Primero ‘influencers’ y famosas, y luego la población en general, se interesaron por este fármaco inyectable y por sus efectos sobre el apetito, lo que prometía ayudarte a bajar de peso de una manera rápida y eficaz.
Un año después, muchos medios de comunicación han advertido de un supuesto efecto rebote al abandonar el tratamiento con Ozempic después de conseguir el peso deseado. La doctora Mercedes Ferrer Gómez, jefa de Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Clínico Universitario Virgen de la Arrixaca resuelve esta cuestión y anima a abandonar la visión simplista de que la obesidad y el sobrepeso solo es ‘tener kilos de más’.
¿Qué es el Ozempic realmente y por qué sirve para perder peso?
MERCEDES FERRER: Ozempic es el nombre comercial de la semaglutida, un fármaco del grupo de los análogos del GLP-1. El GLP-1 es una sustancia que nuestro organismo produce de forma natural en el intestino, en cantidades muy pequeñas, y que desempeña funciones clave en distintos órganos.
Entre otros efectos, el GLP-1 estimula la liberación de insulina en el páncreas, retrasa el vaciado del estómago y actúa en el cerebro sobre los centros que regulan el hambre y la saciedad. Gracias a estas acciones, favorece que la persona se sienta llena antes y durante más tiempo.

Los fármacos análogos del GLP-1 reproducen estos efectos fisiológicos, pero con una potencia muy superior y una duración prolongada. Inicialmente se desarrollaron para el tratamiento de la diabetes tipo 2, una enfermedad estrechamente relacionada con el sobrepeso y la obesidad, ya que mejoran el control de la glucosa estimulando la secreción de insulina de forma segura.
Sin embargo, durante su uso se observó que muchos pacientes experimentaban una pérdida de peso significativa. Este efecto se explica principalmente por el aumento de la saciedad y la reducción de la ingesta, y resultó ser especialmente beneficioso en personas con diabetes, ya que contribuye no solo a mejorar los niveles de glucosa, sino también otros factores de riesgo cardiovascular como la hipertensión o el colesterol elevado.
A partir de esta evidencia, comenzó a utilizarse la semaglutida también en personas sin diabetes, pero con sobrepeso u obesidad, especialmente al comprobar que, a diferencia de otros tratamientos antidiabéticos, no provoca bajadas peligrosas de glucosa.
Actualmente, la semaglutida se comercializa con dos nombres distintos según la indicación. Ozempic está indicado para pacientes con diabetes tipo 2 y obesidad; requiere receta médica y visado de la inspección farmacéutica, ya que está financiado por el Sistema Nacional de Salud. Wegovy, por su parte, está indicado para personas con sobrepeso u obesidad sin diabetes; también precisa prescripción médica, pero no está financiado, por lo que su coste debe asumirlo el paciente.
¿Qué hay de cierto en el advertido ‘efecto rebote’ de Ozempic, o más bien de los fármacos análogos del GLP-1, cuando se interrumpe el tratamiento?
M.F.: La clave está en entender que la semaglutida no es un tratamiento puntual. No está pensada para perder unos pocos kilos de forma rápida, sino para el abordaje de la obesidad como enfermedad crónica, siempre en combinación con cambios sostenidos en el estilo de vida. Lo que habitualmente se denomina “efecto rebote” no es, en realidad, un fenómeno inesperado, sino la consecuencia lógica de suspender un tratamiento eficaz. Ocurre algo similar a lo que vemos en otras enfermedades crónicas: si una persona con diabetes normaliza su glucosa gracias a un fármaco y este se retira, lo esperable es que los niveles vuelvan a elevarse.
La semaglutida reduce el hambre y facilita comer menos, pero si durante el tratamiento no se han trabajado aspectos fundamentales como la educación nutricional o la incorporación de ejercicio físico regular al estilo de vida, al suspender el fármaco reaparece la sensación de hambre, se recuperan los hábitos previos y el peso tiende a volver.
El problema de fondo es conceptual: seguimos abordando la obesidad como algo transitorio, cuando en realidad se trata de una enfermedad crónica compleja que requiere un enfoque a largo plazo.
¿A qué se refiere?
M.F.: Durante años, la obesidad se ha interpretado de forma simplista y estigmatizante, atribuyéndola a una supuesta falta de fuerza de voluntad. Hoy sabemos que esta visión es errónea. La obesidad es una enfermedad crónica y multifactorial, comparable en complejidad a la diabetes o la hipertensión, y no debe culpabilizarse al paciente.
También es reduccionista pensar que perder peso consiste únicamente en “comer menos y moverse más”. El peso corporal está regulado por complejos circuitos biológicos que controlan el hambre, la saciedad y el gasto energético. Estos mecanismos están diseñados, desde un punto de vista evolutivo, para evitar la pérdida de peso, ya que en la naturaleza perder peso suponía un riesgo para la supervivencia.

Por eso, cuando una persona intenta adelgazar, el organismo activa mecanismos compensatorios. Un ejemplo claro es el ejercicio: al inicio puede suponer un alto gasto calórico, pero con el tiempo el cuerpo se adapta y realiza el mismo esfuerzo con un menor consumo de energía. El metabolismo se ajusta constantemente para proteger el peso corporal, lo que explica por qué mantener la pérdida de peso resulta tan difícil.
¿Y de qué manera estos fármacos análogos del GLP-1 han cambiado esta situación?
M.F.: En los últimos años han surgido herramientas farmacológicas que permiten, al menos en parte, superar esta resistencia biológica a la pérdida de peso. Los análogos del GLP-1 representan uno de los avances terapéuticos más relevantes en el tratamiento de la obesidad en la última década.
En este contexto, la Organización Mundial de la Salud ha reconocido su papel como una herramienta eficaz tanto en el manejo de la obesidad como en el tratamiento de la diabetes tipo 2, siempre dentro de un abordaje integral y sostenido en el tiempo. La obesidad, además, ha sido señalada como uno de los principales problemas de salud pública a nivel global.
Las previsiones son alarmantes: se estima que en 2050 más de la mitad de la población adulta mundial y cerca de un tercio de los niños y adolescentes podrían presentar obesidad. En regiones como Murcia, por ejemplo, afecta ya aproximadamente a una de cada cuatro personas.
Más allá de la pérdida de peso, la semaglutida ha demostrado beneficios relevantes sobre la salud cardiovascular incluso en personas sin diabetes. Su uso se asocia a descensos de la presión arterial, mejoras del perfil lipídico y reducción de la grasa abdominal más peligrosa, la que rodea los órganos. Todo ello se traduce en una disminución global del riesgo cardiovascular. La evidencia más reciente indica, además, que puede reducir la probabilidad de eventos graves como el infarto de miocardio o el ictus.
En definitiva, los análogos del GLP-1, utilizados de forma adecuada y dentro de un enfoque multidisciplinar que incluya cambios en el estilo de vida y seguimiento clínico continuado, representan una herramienta de gran valor en el tratamiento de la obesidad. No son una solución milagrosa ni única, pero sí permiten romper una barrera biológica que durante décadas ha limitado el control eficaz del peso corporal en muchos pacientes◙

