El estrés no es solo cosa de adultos. En un mundo cada vez más exigente y acelerado, la ansiedad y la presión también han encontrado su camino en la infancia. Lo que para muchos podría parecer una etapa despreocupada, para un número creciente de niños se ha convertido en un campo de batalla emocional silencioso.
Hablamos con Elena Martínez Martínez, miembro del Colegio Oficial de Psicología de la Región de Murcia, psicóloga sanitaria y psicoterapeuta y fundadora de Centro Psicolena.
¿Qué es el estrés infantil y cómo se diferencia del estrés en adultos?
ELENA MARTÍNEZ MARTÍNEZ: Cuando hablamos de estrés infantil, nos referimos a la reacción física, mental y emocional que experimenta un niño ante una situación que le abruma o desborda. Esta respuesta no solo se da ante problemas ‘graves’ o grandes cambios como puede ser la pérdida de un ser querido, la separación de los padres o una mudanza, sino que también existe lo que se conoce como estrés cotidiano infantil que viene dado por factores como la presión académica, un exceso de actividades extraescolares o la falta de aceptación social, entre otros.
El estrés en sí mismo no es algo negativo, al contrario, puede ser beneficioso en muchas ocasiones para poder adaptarnos y afrontar los desafíos que van surgiendo en nuestro día a día. Sin embargo, si este nivel de estrés se intensifica, se prolonga en el tiempo o no se puede gestionar se convierte en distrés o estrés negativo, perjudicando seriamente al desarrollo físico, cognitivo, social y emocional.

La forma en cómo se expresa y regula en los niños es muy diferente a la de los adultos. En primer lugar, porque los niños, sobre todo, los más pequeños, no cuentan con herramientas para poner palabras a lo que sienten, mientras que un adulto si es capaz de reconocer que “está agobiado, tensionado o necesita un respiro”.
En segundo lugar, no disponen de estrategias de autorregulación emocional, ya que están aprendiendo a identificar y controlar la emociones. Esto suele traducirse en conductas como una rabieta, dolor de cabeza o barriga inexplicables o un retroceso en sus hábitos. Estas manifestaciones son muchas veces interpretadas por los adultos que les rodean como de comportamientos ‘malos’ o ‘caprichosos’, cuando en realidad son expresiones de malestar emocional. Por eso, los profesionales de la salud mental hacemos mucho hincapié en evitar minimizar o invalidar sus emociones, es primordial que los adultos sean capaces de observar, atender, contener esas reacciones y enseñarles herramientas emocionales desde edades muy tempranas.
¿A qué edad suelen manifestarse los primeros signos de estrés?
E.M.M: Los primeros signos de estrés pueden aparecer antes de lo que normalmente podemos imaginar. Ya en los primeros meses de vida, o incluso, durante el embarazo, los bebés al estar en continua interacción con el ambiente que les rodea, pueden responder con estrés ante estímulos nocivos como un ambiente ruidoso o necesidades básicas no cubiertas (hambre, sueño, frío, etc.). Ante ello pueden expresar su malestar con llanto persistente, problemas para dormir o dificultades para calmarse.
A medida que van creciendo, los signos se hacen más complejos y variados. En la primera infancia puede haber cambios en la conducta, más irritabilidad, miedo a separarse de las figuras de apego o regresiones. En la etapa preescolar y escolar, el estrés puede manifestarse a través de quejas físicas, problemas de conducta, dificultades en el colegio o aislamiento social.
La cuestión no es saber exactamente a qué edad se puede reflejar el estrés, lo primordial es que los adultos sean capaces de crear entornos emocionalmente seguros donde los más pequeños pueden expresar todo tipo de emociones, acompañados desde la empatía y compasión.
¿Cuáles son las causas más comunes de estrés en los niños hoy en día?
E.M.M: Vivimos en una sociedad que nos empuja a llevar un ritmo frenético, todo tiene que ser muy rápido, a golpe de clic, y donde se nos ha hecho creer que si no estamos produciendo o haciendo cosas la mayor parte del tiempo somos seres improductivos o inútiles. Los niños también se ven afectados por este ritmo de vida, con agendas repletas de actividades fuera del horario escolar y fines de semana, no tienen tiempo para aprender ni siquiera a aburrirse, lo que conlleva a problemas constantes para tolerar la frustración, para pasar tiempo de calidad y tranquilos en familia. A esto hay que añadirle la presión académica a la que se ven sometidos, principalmente por altas expectativas y comparaciones con otros niños.
Otro estresor fundamental es la sobreexposición a pantallas y tecnología, que provoca una hiperestimulación de la actividad cerebral dando lugar a problemas de sueño, irritabilidad, problemas graves de conducta e incluso traumas derivados de consumir contenido inapropiado para su edad, como me encuentro en consulta últimamente, y lo peor la desconexión con la realidad que los conduce a aislarse cada vez más.

Otra causa común son los problemas o tensiones en el ambiente familiar (discusiones frecuentes entre los principales cuidadores, separaciones, duelos, mudanzas, adultos poco accesibles emocionalmente).
Algo con lo que también me estoy encontrando en consulta, son baja autoestima, inseguridad y un gran estrés y ansiedad causados por relaciones perjudiciales con el grupo de iguales. El miedo a ser excluidos y problemas para integrarse generan un gran malestar emocional, siendo la antesala de trastornos psicológicos graves. Por último, en niños mayores y especialmente en adolescentes, la falta de escucha y validación emocional también supone un gran estresor porque el hecho de estar constantemente escuchando frases como “no es para tanto”, “no llores”, “hay que estar felices”, hace que repriman aquello que sienten y se vayan desconectando de sus emociones.
¿Cuáles son las señales de alarma que los padres y educadores deben observar?
E.M.M: Como hemos comentado anteriormente, los niños no suelen verbalizar que se sienten estresados y lo reflejan más a través de ciertas señales corporales y comportamientos.
Algunas señales de alarma a tener en cuenta son:
➡️Cambios en el carácter: un niño antes tranquilo que ahora está irritable o agresivo; o un niño alegre que se vuelve apático o retraído. Empieza a demandar mucha atención o presenta conductas regresivas (chuparse el dedo, mojar la cama, hablar como un bebé).
➡️Alteraciones en el sueño y la alimentación: insomnio, pesadillas, falta de apetito o comer de forma ansiosa.
➡️Somatizaciones físicas sin causa médica: dolor de cabeza, estómago, tensión muscular, mareos, vómitos, tics nerviosos.
➡️Cambios en las relaciones sociales: tiende a aislarse, se vuelve muy dependiente o tiene más conflictos con sus compañeros.
➡️Problemas de concentración y bajo rendimiento en la escuela.
Detectar a tiempo estas señales de alarma es clave para prevenir problemas psicológicos mayores y para que los pequeños sientan que cuentan con recursos externos e internos para poder afrontar eficazmente las situaciones que los desbordan.
¿Cómo puede afectar el estrés al rendimiento escolar y a las relaciones sociales?
E.M.M: Cuando el estrés se intensifica o se cronifica afecta negativamente al aprendizaje, principalmente porque el cerebro está en modo ‘alerta’ y ‘supervivencia’ limitando recursos y capacidades cognitivas como la atención y memoria. Por eso, el niño estresado tiene dificultades para concentrarse, organizar y planificar sus tareas o seguir instrucciones. También le cuesta más trabajo prestar atención porque está focalizado en los síntomas físicos y en tratar de controlar la angustia y preocupación. Esto provoca sentimientos de ineficacia, frustración y baja autoestima, llegando a creer que no vale para estudiar o que es ‘tonto’.
Por eso, desde mi experiencia acompaño a las familias a crear espacios donde los niños puedan sentirse seguros, comprendidos, valorados, y puedan desarrollar un buen autoconcepto y autoestima.
¿Existen diferencias en cómo manifiestan el estrés los niños y las niñas?
E.M.M: Cada niño y niña es único/a, y más allá de variables biológicas o de género, lo que marca en realidad la diferencia en cómo se expresa y gestiona el estrés, viene dado por otro tipo de factores como la propia personalidad, estilo de afrontamiento, entorno familiar e historia de aprendizaje y experiencias de vida.
Respecto a influencias más sociales y culturales, en el caso de los niños el estrés se suele manifestar a través de conductas más disruptivas (rabietas, agresividad, actitudes desafiantes), movimientos más corporales (inquietud motora, impulsividad) y mayor dificultad para expresar lo que están sintiendo. En cambio, las niñas tienden a internalizarlo reflejando ansiedad, tristeza, retraimiento, incluso por una constante preocupación de hacerlo todo perfecto.
Estas diferencias nos ayudan a darnos cuenta de las diferentes formas de expresar las emociones y pedir ayuda. Como adultos, nuestra escucha activa y acompañar sin juzgar va a permitir a los niños manejar mejor el estrés y aumentar su capacidad de resiliencia◙

