El paso del tiempo es inevitable. Todos queremos llegar a mayores, pero no queremos hacernos mayores. Notar los ‘achaques’ propios de la edad o la posible llegada de enfermedades son algunos de los grandes miedos de esta sociedad, pero también el cese de actividad laboral que supone la jubilación.
Pablo Avilés, psicólogo del grupo de trabajo de envejecimiento del Colegio Oficial de Psicología de la Región de Murcia apunta que “socialmente se une el concepto de utilidad con el trabajo, y cuando este falta, como cuando la persona se jubila, la persona deja de sentirse útil”.
Esta sensación de dejar de ser útil puede causar “pérdida de la autoestima, del autoconcepto; la aparición de sintomatología depresiva, de ansiedad, de temor o inseguridad ante el proceso; y baja la participación social”, advierte Inmaculada Méndez, psicóloga y coordinadora del grupo de trabajo en envejecimiento del Colegio de Psicología de Murcia.
Afrontar la jubilación
Las familias y el entorno juegan un papel vital en la etapa en la que la persona mayor tiene que afrontar el malestar que genera la pérdida del trabajo y de la actividad laboral con la jubilación. Para estas familias y entornos, el psicólogo Pablo Avilés recomienda:
- Cambiar los conceptos. Aunque sea difícil, porque son concepciones muy arraigadas en las generaciones que ahora mismo se enfrentan a la jubilación, las familias deben esforzarse en ayudar a esta persona a cambiar el concepto de utilidad ligada al trabajo.
- Planificar. Antes de que llegue el momento de la jubilación, es beneficioso establecer una planificación de cómo será la vida después de la misma. “En estos casos, la familia y el entorno juegan un papel fundamental – apunta Pablo Avilés -, porque generar una rutina que no sea individual sino con otras personas ayuda a integrarse en esta nueva etapa de la vida”.
- Atender a las aficiones. “El concepto de ocio no está tan arraigado en estas generaciones y nos podemos encontrar con gente que ha trabajado toda la vida, pero que no tiene aficiones porque nunca ha tenido tiempo. Indagar en qué cosas le gustan a la persona, cuál es su ocio, qué cosas le gustarían empezar a hacer, para luego con estas cosas construir una rutina que sustituya a la del trabajo”, recomienda el psicólogo Pablo Avilés.
Estas actividades, añade el profesional de salud mental, deberían cumplir un cierto nivel tanto de actividad física como mental, pero con una curva de adaptación que evite el abandono de las mismas. “Si, por ejemplo, la persona mayor – explica Pablo Avilés -, está en el sofá todo el día, no podemos pretender que se apunte al gimnasio y vaya todos los días. Pero si empezamos poco a poco con actividades que sean a la misma hora de lo que luego será el gimnasio o que supongan un poco de actividad física, ayudará a que haya una transición sana para que el cambio no sea difícil”.
Del mismo modo, a nivel mental estas actividades serán beneficiosas si generan un aprendizaje en la persona, ya que está demostrado que aprender es una manera de frenar el deterioro cognitivo porque se crean nuevas conexiones neuronales.
Consecuencias
La falta de estas actividades o rutinas después de la jubilación, advierte Inmaculada Méndez, puede repercutir “en un aumento de la fragilidad y, por ende, de problemas de movilidad o discapacidad. A nivel cognitivo, el hecho de no mantenerse activo en actividades puede afectar a las diversas áreas cognitivas favoreciendo el deterioro cognitivo”.
Entre los aspectos que más se ven mermados a raíz de este deterioro cognitivo, apunta Pablo Avilés, es la capacidad de comunicación. “Se hace común escuchar cosas como ‘lo tengo en la punta de la lengua’ en las personas mayores, o que quieren decir algo, pero no se acuerdan de cómo se dice. En estos casos, es necesario estimular el lenguaje, el vocabulario, para que la capacidad de comunicarse se preserve, ya que una falta de comunicación hace que la persona se retraiga, evite situaciones sociales donde pueda quedar en evidencia”, explica el psicólogo.
Centros de mayores
A menudo, aunque la familia o el entorno quiera, no dispone del tiempo o de la capacidad para ayudar a la persona mayor a tener esta vida activa.
En estos casos, apunta Inmaculada Méndez, “los centros de personas mayores como residencias, centros de día e incluso asociaciones permiten no solo cubrir las necesidades básicas, sino también la promoción de actividades de estimulación de las áreas cognitivas a través de talleres tales como actividades artísticas, sensoriales, motoras, juegos de mesa, lenguaje y escritura. En dichos centros se realiza una evaluación de las capacidades cognitivas, emocionales y conductuales de la persona mayor, lo que permite al profesional de la psicología precisar las actividades en la que se puede involucrar la persona atendiendo a su voluntad y, sobre todo, en función de los recursos del centro”.
