Luis Miguel: el imparable orgullo del legado murciano

Director general de Nueva Cocina Mediterránea y Luis Miguel Pastelerías, se aseguró de que cientos de mayores siguieran recibiendo sus menús domiciliaros durante la pandemia

Luis Miguel García de Andrés (Murcia, 1971) es el fundador y director general de una de las empresas insignia de la Región de Murcia: Nueva Cocina Mediterránea. Se trata de una empresa de alimentos de quinta gama que abastece a grandes cadenas de supermercados con productos, algunos típicos de la Región de Murcia, y está a cargo de llevar cada día miles de menús para personas dependientes directamente a sus domicilios, a través de la concesión que tiene con el Ayuntamiento de Murcia.
También está al frente de Luis Miguel Pastelerías y, de un tiempo a esta parte, está adentrándose a nivel empresarial en una de sus grandes pasiones a nivel personal, el arte y el patrimonio murciano.

El pasado mes de octubre se cumplieron 20 años desde que comenzó a prestar el servicio municipal de comida a domicilio del Ayuntamiento de Murcia para personas mayores y dependientes. En este tiempo ha entregado más de un millón y medio de menús, con catorce dietas adaptadas a las necesidades médicas de los usuarios de este servicio. Actualmente son más de 350 de usuarios atendidos.

Dos décadas en las que, seguro, pasaron muchas cosas, pero hay una que resulta más llamativa que cualquier otra: la pandemia de Covid-19. Esta época no frenó a Luis Miguel en su empeño de hacer llegar esa comida a quienes la necesitaban.

Durante el confinamiento de marzo a junio del 2020, usted y el equipo de Nueva Cocina Mediterránea siguieron ofreciendo el servicio de comida a domicilio. ¿Cómo fue esa época, qué decisiones tuvo que tomar?
LUIS MIGUEL GARCÍA: Bueno, en esos momentos hablar de decisiones es demasiado ambicioso. Creo que todos en la vida vamos adquiriendo experiencias que nos van preparando porque, cuando llega la hora de tomar decisiones, no te da tiempo a pensar o a reflexionar de una forma pragmática. Las tomas porque crees que es lo que debes de hacer.

Y, en estas situaciónes límite, es donde más conocemos a las personas. No lo digo por aplicármelo a mí, sino cada uno cómo actuamos en la sociedad. Llega ese famoso 14 de marzo en el que todo se paraliza. De pronto ves que nuestros locales, acostumbrados a estar a disposición de todo el mundo, tienen que parar. Y algunos tenemos una inercia que no nos permite parar. Así que, en los locales comerciales buscamos la forma de poder seguir prestando servicios sin pensar en los números, sin pensar si era o no rentable. Queríamos no fallarle a nuestra gente.

En concreto, con el servicio de los mayores, recuerdo estar aquí, en la puerta de la empresa a las siete de la mañana, y los repartidores me preguntaban que qué hacíamos. En esos momentos es fundamental tener un apoyo, un referente, pero yo sabía exactamente lo mismo que ellos. Yo no sabía qué estaba pasando. Pero lo que sí tenía claro en ese momento era, y así se lo transmití a ellos, sin tener nada pensado, que si este servicio siempre ha sido importante para la empresa y para las personas a las que atendemos, en ese momento éramos más importantes que nunca. Esas personas no iban a poder salir de sus casas y necesitaban su menú, esa misma mañana. El equipo lo entendió. Se subieron a los furgones al momento y se atendió ese servicio durante toda la pandemia y no hubo ningún contagio, ni entre las personas mayores ni entre los repartidores.

De hecho, a los tres días, el Ayuntamiento de Cartagena nos pidió ayuda porque los niños que tenían el bono de comedor escolar, que eran niños con escasos recursos, y que tenían ese servicio en los colegios, ya no estaban en los colegios, estaban en sus casas. Así que nos pidieron prestar ese servicio. Tuvimos que llegar a zonas complicadas, sin recursos. En 24 horas tuvimos que organizar la logística para alimentar a 400 familias, llegó un momento que necesitamos incluso ayuda de la Unidad Militar de Emergencias para hacer los repartos.

Todo eso fue posible gracias a todo el equipo de personas que forman Nueva Cocina Mediterránea, sus repartidores y las personas que elaboraban esa comida, de mantener la flexibilidad de una pequeña empresa y no caer en la rigidez de una gran empresa.

Decidieron no parar pero, ¿cómo fue esa época?
L.M.G.: Fue todo una cuestión de prioridades. Si te pones tú primero, es difícil hacerlo. Si pones la empresa y te pones a hacer números, quizás interesaba hacer un ERTE, que te lo permitían perfectamente, cerrar y ya se pasará esto. Pero también podías hacer lo que necesitaba la población en ese momento: aportar valor, recursos humanos, financieros, estructura. Dejas a un lado los riesgos que puede tener y te centras en dar la atención. Lo primero, el servicio y la atención al usuario o al cliente.

Es verdad que yo soy un optimista enfermizo. Entonces, no pienso en las cuestiones negativas, pero recuerdo que hubo muchos de nuestros clientes de hostelería que tuvieron que cerrar, que veíamos el sufrimiento de sus familias, así que decidimos flexibilizar los pagos, aunque a nosotros nos generara más tensiones.
También recuerdo que nos llamaban familias en las que todos estaban contagiados y no podían salir a comprar. Nos pedían la comida y se la llevábamos, llevando la garantía al límite, dejando la bolsa en el suelo, avisándoles cuando nos habíamos ido. Era un poco de película, pero no podíamos decirles que no.

Es verdad que estamos hablando de algo tan importante como poder tener comida en casa cuando la situación fuera era tan caótica.
L.M.G.: Yo digo que de todos los ecosistemas, el ecosistema más importante es el de las personas. Todos estamos en él. Cuando escuchamos hablar de separación de nuevas generaciones y las generaciones de personas mayores, cuando hablamos de hombres y mujeres, cuando oímos hablar de separación, eso siempre resta. Somos un ecosistema y esa sociedad fuerte se demuestra en esas situaciones y siempre nos sorprende, porque no somos conscientes de ello, de lo que somos capaces de hacer cuando ponemos por delante las cosas que realmente son importantes.

¿Qué aprendizaje se lleva de esa época?
L.M.G.: Yo siempre aconsejo lo mismo, incluso cuando me llaman para dar charlas a los jóvenes: hay que alejarse de las ayudas públicas y de pensar que los demás nos tienen que resolver nuestras propias cuestiones. Quizás influye que yo perdiese a mi padre cuando tenía 10 años, tener que ayudar en mi casa para sacar esa casa adelante, siendo joven. Posiblemente sea una parte de eso, pero agradezco la educación que me han dado en no esperar nada de nadie y eso no significa distanciamiento, sino muy al contrario, cuando alguien te ayuda a saber agradecerlo, no pensar que están obligados a ello. Y eso te da mucha independencia y mucha autonomía para enfrentarte a las situaciones que te hacen más fuerte.

Es curioso, habla de no esperar nada de nadie y usted lo pone todo a disposición de los demás.
L.M.G.: Sí, pero eso te da la libertad. Y no le imponemos la ayuda a nadie, ni le hacemos pensar que nos necesita. Le hacemos saber que estamos, por si acaso, porque a todo el mundo le puede pasar que en un momento dado necesites ayuda. O sea, que depender de esa ayuda no te haga más débil, sino que sepas que, si la necesitas, ahí la tienes.

Cambiando de tema, usted ha adquirido en el último tiempo diversos emplazamientos históricos de Murcia, y pretende llenarlos de vida, de cultura, de actividad, llenarlos de gente. ¿De dónde surge esta pasión por el patrimonio murciano?
L.M.G.: Desde el respeto a las generaciones que nos han antecedido. Yo soy un apasionado de la historia, un apasionado del arte. Ya en el siglo XIX, alguien descubrió que la forma de reforzar una frase era con una fotografía. Si un texto y una frase ya tienen fuerza, imagínate ver la escultura que se hizo en el siglo XV o XVI, ese tapiz que recoge situaciones que, cuando las lees, a lo mejor tienes dudas de si sucedió o no, pero te pones delante de un tapiz de Darío III rindiéndose a Carlo Magno ya no se te olvida, se te queda grabado. Cuando ves a Carlos I venciendo a los príncipes alemanes en la batalla de Mühlberg y tienes la posibilidad de compartirlo, creo que eso te hace realmente saber más sobre esa Europa cristiana, ese origen católico, de esa cultura que tenemos, y no renunciar a ellas. Poder aceptar todo sabiendo de dónde venimos nosotros.

Poner en valor el arte murciano, cuando no conocemos la sociedad los pintores y escultores que ha tenido esta Región, tener la oportunidad de ponerlos en primera línea y de engrandecerlos, saber su importancia y lo que han aportado a nivel nacional, incluso a nivel europeo. Eso te define más como murciano, te hace valorar más esa Región de Murcia, saber lo que aportó, saber lo que podía haber aportado si hubiera estado más valorada a nivel nacional.

Por ejemplo, la Casa del Pino es un espacio fantástico, ejemplo de estilo modernista civil que hay en la Región y lo vamos a convertir en un espacio visitable con 25.000 metros cuadrados de espacio, vamos a recuperar esos jardines y esa historia del siglo XIX. Soy también un defensor de que no pueden todas las cuestiones llevarnos a etapas concretas de la historia. La historia de este país y de esta Región es mucho más amplia y tenemos la obligación de saber ver esas cuestiones y saber que existía vida a principios del siglo XX, que existían murcianos trabajando, que existe historia, que no nos podemos cortar mentalmente. Y esa casa, que es de 1904, nos ayuda a saber qué cosas pasaban a finales del XIX y principios del XX en esta ciudad y en esta Región.

Esa casa perteneció a Isidoro de la Cierva, que fue alcalde de Murcia, fue la persona, junto con algunos otros, que hizo posible que la Universidad de Murcia y el Conservatorio Superior de Música Masotti existiesen. A este espacio vamos a aportar escultura y pintura de esa época. El Palacio de Montemar es otra apuesta por recuperar el patrimonio de la Región.

Todo esto es el resultado de la cuestión que nos mueve a diario como empresa, que es que el beneficio debe ser la consecuencia de lo que hacemos, y no solo el objetivo. Esta línea nos mueve para seguir haciendo estas cosas.

Parece que quiere traer el pasado de la Región al presente, pero miremos al futuro, ¿qué hay en el futuro para usted?
L.M.G.: De nada serviría estar mirando al pasado si es para quedarnos pensando en qué paso y quedarnos inmóviles. Es la antítesis de mi forma de ver la vida. Debemos apoyarnos en él, conocer nuestras raíces para poder proyectarla y compartirla. Dentro de la misión de Nueva Cocina Mediterránea está conservar esos sabores, esas tradiciones, esa gastronomía, precisamente para trasladarla a las mesas del siglo XXI. Al pensar en el futuro no debemos renunciar a aquellas cuestiones que nos han definido y definen nuestra gastronomía, sino aplicar a esta, la tecnología, las formas de conservación y ventas.
Ese respeto nos lleva a hacer productos de quinta gama, que son productos que se elaboran y se envasan en atmósfera controlada y no se someten a tratamiento térmico posterior a su envasado, y a la eliminación de conservantes, utilizando solamente conservantes naturales y la disminución hasta la mínima expresión, y en alguno de ellos la desaparición. Pero manteniendo ese celo por nuestras tradiciones.

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