
Para preservar la salud de las personas hay que cuidar el cuerpo y la mente ya que, según la consigna de la OMS, sólo así se logra alcanzar “el estado completo de bienestar físico, mental y social”. Pero para conseguir ese anhelado bienestar, no todo se limita a nuestro propio cuerpo, el ambiente en el que vivimos es absolutamente esencial y determinante. Por ello, los espacios, tanto públicos como privados, además de ser sostenibles con la naturaleza y con el medio ambiente, deberían ser seguros, inclusivos y estéticamente amigables. Y es que, entendiendo al ser humano como un ‘homo aestheticus’, desde el punto de vista de las personas que habitan pisos, casas y ciudades, esos espacios no solo deben ser funcionales, sino que para ser saludables también deben ser agradables, incluyendo aspectos armónicos, equilibrados y bellos, priorizando diseños personalizados.
NEUROARQUITECTURA
Se dice que la arquitectura es la tercera piel. La arquitectura de exterior y de interior puede y debe utilizarse para crear espacios que brinden estimulación cognitiva, física y social, fomentando momentos de felicidad, pero también reforzando funciones físicas y mentales debilitadas. Es la arquitectura futura, que ya existe. De hecho, la neuroarquitectura, como ciencia, demuestra que, como estamos constantemente sujetos a estímulos físicos, mecánicos o químicos, los entornos arquitectónicos influyen en nuestros procesos cerebrales y mentales. Y más aún, modifican las emociones y la memoria, pudiendo ser eficaces para tamizar el estrés crónico.
Tuve la fortuna de trabajar varios meses en el Institute Salk, en La Jolla, en San Diego (California), dónde la arquitectura y el entorno potencian la actividad mental y el espíritu científico. El nombre de este instituto se debe a Jonas Edward Salk, quien, el 12 de abril de 1955, descubrió la vacuna contra el virus de la polio que, en la posguerra, era uno de los problemas sanitarios más acuciantes de los Estados Unidos y que incluso la padecía Franklin D. Roosevelt, presidente del país. Hijo de emigrantes rusos judíos, Salk decidió no patentar esa vacuna y dejarla libre en el mercado, ya que entendía que la vacunación era un compromiso moral.

Cuando, en 1963, fundó el Instituto Salk de Estudios Biológicos como centro de investigación biomédica, decidió participar activamente en el diseño de los edificios y de los ambientes que los circundaban. Basado en su experiencia positiva cuándo pasó unos días en la ciudad de origen de San Francisco de Asís, se percató de que en ese entorno había encontrado el sosiego con el que pudo reflexionar serenamente e idear la solución a varios problemas científicos que previamente no comprendía. Así, intuyó que el ambiente influía en el cerebro y que el entorno era capaz de modificar la actividad neuronal y, en consecuencia, nuestros procesos cognitivos y emocionales.
Por ello, Salk recurrió a Louis Isadore Kahn. Arquitecto de Filadelfia, también proveniente de una modesta familia judía, Kahn practicaba “la construcción reflexiva de los historia de vida, pero también un mismo individuo va a modificar su percepción dependiendo de su estado de ánimo en diferentes momentos y circunstancias.
No obstante, yendo más allá de Kant que aseguraba que “la belleza de un objeto no solo reside en sus características físicas, sino que es importante la forma en la que los espectadores lo perciben”, si que es cierto que existe una universalidad para todos los seres humanos. De hecho, se ha demostrado que lo estético trasciende fronteras y culturas y es inherente al ser humano. La apreciación estética es una característica de la evolución humana y, como expresa Ellen Disanayake, “la belleza y el arte dan sentido y cohesión a las experiencias humanas”. Más aún, lo estético transforma nuestras experiencias y, en ese sentido, la neuroarquitectura, con el arte y con la belleza, podría no solo enardecer las mentes y mejorar la calidad de vida, sino, por ejemplo, prevenir enfermedades relacionadas con la soledad o con la falta de estímulos positivos.
CALIDAD Y CALIDEZ
En el siglo XXI, la tecnología, que ha transformado nuestros hábitos y preferencias, se alía con la neuroarquitectura. Nuestra sociedad ha cambiado mucho en pocos lustros y seguirá cambiando e incluso a mayor velocidad. Tecnología y neuroarquitectura es el tandem perfecto para aplicarlo a las nuevas necesidades de una sociedad en la que sigue aumentando la esperanza de vida y precisa espacios saludables. Pero, además, como la arquitectura se reforma continuamente, sus profesionales han aprendido a adaptarse a cada circunstancia e imaginar e innovar creando el nuevo futuro de la humanidad.
Por ello, si la salubridad fue básica para la salud y la sostenibilidad, la innovación debe aliarse al diseño transformando los espacios que habitamos y creando unos ámbitos de estimulación y otros de sosiego que, en definitiva, sean espacios saludables de calidad que rezumen calidez◙
