Hay cuerpos que hablan antes de que sepamos escucharlos. Irene González (23 años) tenía cinco años cuando el suyo empezó a enviar señales. “El día en clase me iba bien, pero cuando llegaba a casa lloraba a lágrima viva con mi madre. No sabía por qué”, recuerda. Dolores de barriga constantes, cambios de humor inexplicables y un malestar que no encontraba nombre atormentaban la vida de Irene, pero nadie lograba dar con la causa. Hasta que una pediatra decidió hacerle pruebas más específicas para diagnosticar el problema. “Fue como encajar las piezas del puzle: tenía celiaquía”, rememora.
La celiaquía es una enfermedad autoinmune que daña el intestino delgado y se caracteriza por una intolerancia al gluten, una proteína que se encuentra naturalmente en el trigo, el centeno y la cebada. Pero, además de dañar la salud intestinal, algunos estudios recientes han demostrado que esta enfermedad también puede afectar a la salud mental si no está diagnosticada ni tratada. Un estudio publicado en la revista ‘Gastroenterología y Hepatología’ evaluó a pacientes adultos recién diagnosticados con celiaquía, y encontró alteraciones psicológicas significativas, incluyendo ansiedad y depresión. Estas alteraciones estaban relacionadas con los síntomas gastrointestinales y mejoraban tras iniciar una dieta sin gluten. Nuestra protagonista lo explica de la siguiente manera: “El intestino es donde se generan las endorfinas y todo lo que necesita tu cerebro para funcionar. Entonces, si el intestino no está sano, la cabeza no está sana”.
Irene nació en el Pilar de la Horadada (Alicante), pero ahora vive en la ciudad de Murcia para compaginar mejor sus estudios universitarios en Trabajo Social y su empleo de camarera los fines de semana. Aunque su estilo de vida puede parecer típico entre los jóvenes de su edad, su intolerancia al gluten le añade un reto extra. “Lo de la cerveza me cuesta un montón”, dice Irene entre risas, pero en realidad lo que le cuesta no es el sabor, es el precio. La universitaria cuenta que al mudarse a Murcia tenía que pagar el triple que sus amigas para tomarse ‘un tercio’ en cualquier bar. A su vez, recuerda que cuando era más pequeña había mucha menos oferta de productos para celíacos y mucha más diferencia entre precios: “Era una odisea. En el supermercado había, como mucho, unas tristes galletas y un pan, y el kilo de harina sin gluten costaba seis euros, cuando la normal costaba uno”. Por si fuera poco, el tiempo que había que emplear en hacer la compra también superaba con creces el de una compra normal, ya que hace unos años no existían las etiquetas de ‘sin gluten’ en los supermercados. “Tenías que leer los ingredientes y buscar los productos por toda la tienda. Ahora la comida para celíacos suele estar agrupada y todo es más fácil”, dice la futura trabajadora social.
FALTA DE INFORMACIÓN Y EMPATÍA
En la actualidad, Irene niega que haya suficiente información y empatía en la sociedad. Sin embargo, la pilareña se define a sí misma como una persona positiva, resolutiva y risueña; lo que le ha permitido adaptarse a la celiaquía. “Tengo dominado salir a comer, porque me llevo mi pan y sin problema”, afirma la joven. Pero no todo es color de rosa. Lo complicado para ella son las panaderías: “Aquí en Murcia solo hay una, que es la Casa del Celíaco, pero me es muy difícil encontrar panaderías que trabajen con ambas harinas”. La harina es muy volátil, por lo que necesitan espacios cerrados donde solo se trabaje sin gluten, para que no haya contaminación cruzada. Por esta razón, las panaderías prefieren ganar en seguridad que en beneficio económico.
LAS REDES SOCIALES Y EL ESTIGMA
Cada vez se está popularizando más la alimentación sin gluten, gracias a las redes sociales. Existen cuentas que proporcionan información sobre el tema, y recomiendan recetas libres de trigo, centeno o cebada. Incluso los supermercados están ampliando su catálogo de productos sin gluten, que tienen un sabor tan exquisito como los elaborados con harinas ‘normales’. Asimismo, Irene valora el trabajo de la Federación de Asociaciones de Celíacos de España (FACE), que tienen libros y restaurantes certificados, que cumplen sanitariamente con la seguridad que requiere cocinar para todas las personas celíacas: “Nos sirvieron de mucha ayuda y nos proporcionaron todo lo que debíamos saber para orientarnos en este mundo cuando estábamos perdidos”.

Sin embargo, el estigma social respecto a los alimentos sin gluten sigue en la sociedad, y muchos de los productos no obtienen éxito por llevar el distintivo de ‘sin gluten’. Irene manifiesta la incoherencia de ello con cierta ironía: “La gente cree que porque un alimento no contenga gluten está malísimo, y es al contrario. Probé hace poco un bizcocho de chocolate sin gluten que está buenísimo, pero como lleva la etiqueta, la gente no lo quiere”. No obstante, Irene da las gracias a que hoy en día exista tanta variedad de alimentos: “En los supermercados, ahora, encuentras la sección de productos sin gluten: cerveza, pan, pasta, harina, cereales y galletas. Tienes cuatro baldas y eso es lo que hay, pero ya tenemos más que antes”.
Ser celíaca, todavía hoy, sigue generando miradas extrañas, comentarios fuera de lugar y una larga lista de suposiciones que pesan más de lo que parece. Esta falta de concienciación no solo se nota al sentarse a la mesa, también se cuela en la forma en que las personas celíacas se relacionan con su entorno. Irene lo tiene claro: “No soy celíaca, soy Irene”. Lo dice con una sonrisa, pero tras esa frase hay una reivindicación silenciosa y firme. La joven recuerda que durante años se sintió distinta dentro de su grupo de amigos, especialmente en celebraciones: cenas, cumpleaños y meriendas improvisadas. “Lloraba antes de ir a los cumpleaños porque sabía que no iba a haber nada para mí. Me daba rabia oír siempre lo mismo: ‘Irene, de esto no puedes’. Y al final, me ofrecían lo de siempre: una pechuga a la plancha o una ensalada. Nada más”.
Lo que para algunos parece una incomodidad menor, para quienes conviven con esta enfermedad se convierte en un recordatorio constante: tienen que justificarse, adaptarse o directamente renunciar. “Es agotador”, reconoce Irene, “hay restaurantes que no tienen ni una opción para celíacos, y no debería ser tan difícil. A veces basta con usar una sartén aparte o tener pan sin gluten. En España, además, comemos pan con todo”.
Aunque Irene ha aprendido a sobrellevarlo, sueña con una sociedad en la que ya no tenga que “normalizar” nada. Una sociedad en la que ser celíaca no implique tener que explicarse cada vez que se sienta a comer. “Me he sentido diferente dentro de mi grupo de amigos por no poder comer alimentos con gluten y no soy rara. Somos personas normales con una condición alimentaria concreta. Lo raro debería ser no hacer el esfuerzo por entender al otro”, sentencia.
ALTERNATIVAS EN LA COCINA
La universitaria también nos ha contado algunas divertidas anécdotas. “Cuando te encuentras con otro celíaco es superdivertido, es como: ¡guau, somos la misma persona, me entiendes!”. Además, la enfermedad le ha obligado a volverse mucho más creativa en la cocina, y es algo a lo que la veinteañera le saca partido: “Ser celíaca me ha enseñado la variedad de alimentos que hay, y que puedes vivir sin gluten”.
A Irene le encanta cocinar espaguetis de calabacín y de edamame, que son alternativas ideales a la pasta para los celíacos; y a la vez, confiesa que disfruta bastante haciendo sus propias pizzas, cuya base para la masa es la harina de garbanzo.
No obstante, su plato favorito no es una receta propia, si no una de su abuela Constanza. La joven admite que al principio de conocer la enfermedad, a su familia le costaba adaptarse a su condición alimentaria porque la veían sufrir, pero con el tiempo todos aprendieron a sacar el lado positivo y a innovar en la cocina: “Mi comida favorita sin gluten son las migas de mi abuela. Ella, que es muy ingeniosa, cuece una patata y con el almidón le da la consistencia que le falta a las migas sin gluten”, explica. Constanza no se queda corta con las migas, sino que apuesta también por un caldo con pelotas libre de harinas prohibidas. Irene adora a su abuela, porque siempre le ha dedicado el tiempo, la atención y el cariño necesarios para que su nieta no sufra.
La historia de Irene es un recordatorio de que vivir con celiaquía va mucho más allá de no poder comer pan. Implica adaptarse, renunciar, reinventarse y, sobre todo, luchar por la normalización. Su experiencia refleja las barreras que aún existen, pero también la capacidad de superarlas con humor, creatividad y apoyo. Irene, como muchos jóvenes, desea que la acepten y que esta característica de su alimentación no suponga un rechazo o una mofa para el resto ◙

