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El cerebro en tiempos del coronavirus

Marzo 23, 2021 245Veces visto
Se han puesto en evidencia síntomas neurológicos y mentales por la COVID-19

En las facultades de Medicina estudiábamos las epidemias que había sufrido la humanidad a lo largo de la historia; como algunas eran pandemias (de varios países) y desencadenaban desastres inmensos, lo veíamos como algo del pasado que ahora no podía ocurrir.

 Sin embargo, hace ya más de un año estamos viviendo un periodo que está cambiando a la sociedad y, posiblemente, ya nunca volveremos a la antigua normalidad. Asistimos como protagonistas a una evolución, en forma de adaptación, de la que se ha de extraer lo positivo.

Deberíamos intentar ayudar a los que están sufriendo la ruptura socioeconómica que, al fin y al cabo, va a ser (está siendo) la peor consecuencia de esta pandemia, sin contar la cifra de fallecidos que no deben ser solo un número.

Pensando en el cerebro, la propia inflamación generalizada del cuerpo también afecta al funcionamiento del sistema nervioso, sobre todo si existen procesos degenerativos previos. Además, este coronavirus es diferente a otros virus que, cuando atacan a las neuronas, el sistema inmunitario los detecta y, para defenderse, destruyen las neuronas infectadas.

El SARS-CoV2 es un virus sigiloso que utiliza mecanismos de evasión desconocidos. Aunque el coronavirus también necesita de las neuronas para multiplicarse, no las destruye y puede esconderse del sistema inmunitario. Es la infección silenciosa que va cercenando las conexiones entre las neuronas y provoca el enlentecimiento de comunicaciones nerviosas. Consecuencias en el cerebro El coronavirus puede llegar al cerebro por diferentes vías, preferentemente a través de vías sensitivas como la olfatoria, pero también se puede valer del torrente sanguíneo. La infección es lenta y los síntomas que provoca son muy variados como la pérdida del olfato y del gusto, las alteraciones del sueño, dolores de cabeza, trastornos de memoria, confusión mental o pensamiento lento. Muchas personas, sobre todo las de más edad, indican que sienten como una ‘neblina mental’, además de desorientación.

No obstante, se ha constatado el aumento de enfermedades psicosomáticas y, como consecuencia de la pandemia, se han puesto en evidencia síntomas neurológicos y mentales no directamente relacionados con la infección viral sino secundarios a la delicada situación vital y socioeconómica de cada persona. Los cuadros de ansiedad, de pánico, de depresión, los delirios o el agravamiento de patologías previas o de enfermedades latentes en personas vulnerables han desbordado la consulta de psiquiatras y psicólogos.

 El impacto de esta pandemia todavía está por ver. Recordando la gripe de 1918 que cercenó la vida de más de 50 millones de personas en el mundo (una de cada 50 personas infectadas), los investigadores siguen analizando si esta puede tener efectos secundarios a largo plazo como la aparición de encefalitis letárgica o el parkinsonismo post-encefálico. Queda mucho por estudiar de los análisis y seguimiento de los pacientes, pero lo cierto es que en el último siglo la ciencia ha avanzado considerablemente y la medicina personalizada y de precisión permitirá afrontar de forma eficiente lo que pueda acarrear.

Mientras tanto, hay que ser conscientes de que esta situación es un trauma para toda la sociedad, que se ha generado miedo y que el miedo paraliza. Este miedo hay que combatirlo reforzando la seguridad en sí mismos y en la humanidad. Hay que fomentar la resiliencia y la empatía como herramientas más eficaces para combatir las vicisitudes socioeconómicas que indirectamente afectan a la salud.

Esperemos que este momento histórico sirva para que el ser humano sea más libre. Esta es la ocasión para practicar la solidaridad pensando en la colectividad y que esta crisis global, que además de salud es una crisis social, nos vuelva más humanos.

Por Mª Trinidad Herrero, Catedrática de la Universidad de Murcia y presidenta de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Murcia

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