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Testimonio de una valiente enfermera que contrajo el covid-19: "El mundo se paró un 14 de marzo"

Marzo 23, 2020 4781Veces visto
Tania Carralero, enfermera en una residencia.

Sábado, 14 de marzo del 2020. El gobierno español decreta el estado de alarma para hacer frente a la expansión del Covid-19 y abordar de manera efectiva la emergencia sanitaria. Ese día empezó todo lo inimaginable que
nadie pensaba que iba a llegar, como un tsunami arrasándolo todo, pero esta vez no era lo material lo que iba a desvanecerse (de momento), sino la esencia que a los españoles nos caracteriza... los abrazos, los besos, el contacto físico, la iniciativa y el dinamismo que nos impulsa a hacer algo; en definitiva, una parte de nuestro ser y de nuestra vida. ¿O empezó antes? Tarde.

Silencio

En la residencia, una semana antes de la fecha indicada, se notaba cierto cambio que creaba la incertidumbre necesaria para querer hacer el trabajo bien y a conciencia... control de temperatura varias veces al día tanto al personal sanitario como a los residentes, inhabilitación del servicio de Centro de Día, prohibición del paso a toda persona ajena al centro, etc. Yo, que peco a veces de imaginativa; comparaba la situación y la vivía como si de un episodio de muertos vivientes se tratase, donde nos encontrábamos dentro de un edificio protegido y apuntalado lleno de zombis al rededor queriendo entrar para devorarnos... Nuestra misión era resistir sanos y salvos, cuidando a los más vulnerables y frágiles, evitando que ningún puntal se quebrase y se rompiera porque si no lo que nos vendría encima sería un caos total donde reinaría la hoz, arrasaría con nuestra psique humana y se instalaría un vacío difícil de rellenar. ¿Quizás faltó incertidumbre? Tarde.

Silencio
Sábado, 21 de marzo de 2020. “Qué pasará? ¿Qué misterio habrá? Puede ser mi gran noche...”. Fue un turno de noche como cualquier otro, pero sabiendo que por la mañana ya se habían realizado la PCR a los primeros residentes...Con cuidado y respeto, tanto a los demás como hacia una misma, intentashacer un trabajo excelente, limpio e impecable. Te “proteges”, intentas avisar y “proteger” a tus compañeras para que ellas también lleven cuidado, intentas tener el contacto justo e imprescindible con dichos residentes sin que ellos noten tu frialdad y tu miedo a que lo predecible se cumpla. Alguno de ellos, los más independientes, hablan escandalizados del virus y rezándole a Dios y al gobierno sin todavía conocimiento de lo que a fuera en la calle está pasando...ojalá sus opiniones, sus razones y sus tonos alzados hubieran servido de escudo contra este maldito bicho. Al dar el relevo; comenté a mi compañero, como si de una broma lejana se tratase, que lo mejor sería que la UME interviniese lo antes posible y se hiciese cargo de la situación. Comentario que sonaba tan abstracto como si de un cuadro de Picasso se tratase, incluso risorio. ¿Nos “protegimos” lo suficiente? Tarde.

Silencio
Domingo, 22 de marzo de 2020. Cuando lo abstracto pasa a ser realidad, la transrealidad. Me despierta una llamada de teléfono, “Residencia” ... algo sucede. Efectivamente, nuestros temores se vuelven ciertos y las PCR son positivas. La gran ola, que no veíamos o no queríamos ver llegar, nos envuelve de lleno y arrasa con todo sin esfuerzo alguno, apenas viendo y apreciando la fuerza de su corriente. Lo inevitable, lo que ya intuíamos que iba a suceder y lo inimaginable que podíamos pensar llegó y si instaló como si de su hogar se tratase. Los puntales se desquebrajaron y todos los zombis entraron a la vez. A partir de aquí, el descontrol se apodera de las personas y uno hace todo lo que está en su mano y en su mente para intentar reconducir lo irreconducible.

Héroes deciden quedarse en primera línea de batalla y mandar a sus soldados a casa para que estén preparados y con fuerzas cuando les toque luchar a ellos y ganarse su heroicidad. A ciegas y sin formación ni saber, como los liquidadores de Chernóbil, realizan acciones con toda la fe del mundo y toda la esperanza puesta en que surtirán efecto y la situación conseguirá controlarse. Paralelamente; las personas mayores siguen replicando al gobierno y a Dios que les ayude, que la situación pase pronto para que puedan volver a ver a sus familias y estar con ellas... el contacto telefónico se retorna frío y no es suficiente. También nos apoyan y nos dan sus ánimos diciendo “Cuidaros hijicos, que tenéis que estar sanos y fuertes para cuidar de nosotros... sois lo poco que tenemos”. Esa frase entra como un mantra en tu cabeza y es lo que rezas cada día... por ti y por tus abuelicos te cuidarás y te mantendrás fuerte. Tarde.

Silencio
Miércoles, 25 de marzo de 2020. Si alguien me predice mi futuro el 1 de enero y me hace ver lo que estaría por llegar y lo que iba a vivir en mis propias carnes, le hubiese dicho que se dedicase a otra cosa porque el esoterismo no es lo suyo... ¡qué incrédula soy! Como buen soldado que me considero espero en casa a que me llamen y me toque batallar, pero llevando 3 días en mi casa empiezo a sentir los malditos síntomas. Esos síntomas que anuncian en la tele como si de avisos de guerra por megafonía se tratasen. Soy enfermera y un poco hipocondríaca, sabía que era lo que me pasaba y lo que me esperaba, aunque no era del todo consiente. A los tres días siguientes me realizaron la PCR y lo reconfirmé con mi médico de cabecera... era COVID +. En un mes aislada en tu habitación piensas en tropecientas mil cosas y pasan muchas ideas por tu cabeza... ¿Qué ha pasado? ¿Qué hice mal? ¿Fue culpa mía por lo que me contagié? ¿Fue culpa de terceros? ¿Estuve lo suficientemente protegida esa noche? (Para esta pregunta si tengo una respuesta clara, NO) ¿Qué va a pasar ahora? ¿Cuánto va a durar mi aislamiento? ¿Qué estará pasando en mi lugar de trabajo? ¿Estarán bien los abuelos y mis compañeros? ¿Qué puedo hacer entre cuatro paredes aparte de estudiar y ver la tele? ¿Habré contagiado a mi familia?, y un largo etc.

Miedo, ansiedad, incertidumbre, inutilidad, inseguridad son los principales sentimientos que se apoderaron de mí. No puedes salir a la calle ni incluso al pasillo de tu casa a despejarte la mente para no pensar en nada de ello, y las vistas desde mi ventana hacia un patio interior no ayudan para nada. Te sientes muy sola aun teniendo a tu familia al otro lado de la puerta preguntándote en cada momento como te encuentras o si necesitas algo. Controlando tu tono de voz para que ellos no lo noten e incluso sonriendo te sale un: “Estoy bien mamá, no necesito nada, gracias”. Un mes en mi inframundo particular; recibiendo las noticias más tristes que te pueden dar tus compañeros desde la primera línea... los fallecimientos de los que consideras tus abuelos, día tras día sin parar. Lloras sus muertes como si de un velatorio se tratase y no hay consuelo en la distancia que valga. Maldices e intentas recordar el último gesto o la conversación que mantuviste con ellos, alguna de ellas muy banales e inocentes. Parece como un sueño y te cuesta aceptar que nunca más los volverás a ver e, incluso, tienes sentimiento de culpa por no poder haberte despedido de ellos ni poder haber hecho más, es una de las cosas con las que tendremos que vivir a partir de ahora, un hándicap más en nuestras vidas. Otro apoyo importante, a parte de tu familia, son tus compañeros del trabajo Covid + al igual que tú.

Entre nosotros nos intentamos reconfortar y animar para intentar no pensar mucho en lo que está sucediendo ahí fuera, sin mucho éxito la verdad, pero aprovechando y exprimiendo al máximo esos momentos de risas y diversión que se pueden lograr a través de una videollamada. En las situaciones difíciles como esta, es donde te das realmente cuenta de quién está a tu lado y quién se queda por el camino y te observa mientras andas por las brasas tu solo.

Silencio.
Lunes, 6 de abril de 2020. Una ya no sabe ni qué día es, ni a qué mes está ni quiere ser consciente de nada de lo que está sucediendo ahí fuera. Se vuelve egoísta y mira por ella misma... solo quiere que la fiebre y ese cansancio que te deja el cuerpo como si un camión te hubiese pasado por encima desaparezcan. Para más inri, ya no sabes si es ansiedad o falta de aire lo que tienes... afortunadamente, después de una placa de tórax, era una mezcla de las dos cosas, pero sin más trascendencia. Dejas de ver la tele; total, para escuchar mentiras, datos y cifras inciertas prefieres mirar al muro de enfrente de tu ventana que parece más translúcido que las palabras del gobernante. Por la residencia, las cosas siguen igual de caóticas pero mis compañeros no paran de trabajar y dejarse la piel en ello. Por sus conversaciones monótonas se les nota cansados tanto física como psicológicamente, exhaustos. Algunos abuelos hacen videollamadas con sus familiares y hablan con ellos... otros y desafortunadamente, no han corrido tanta suerte. Incluso hay quien se acuerda de ti, y esto te reconforta y te da aliento y ganas de recuperarte y querer volver pronto al trabajo, aunque sea lo más parecido a un campo de minas. Tu vida es como si estuvieras en una montaña rusa... días felices, días tristes, días que no sientes ni padeces; al fin y al cabo, días que quieres que pasen lo más rápido posible para poder adelantarte al futuro.

Silencio
Lunes, 20 de abril de 2020. Todo lo bueno se hace esperar... y llegó el día en el que me volvieron a hacer la PCR y di negativo para COVID-19. No me lo podía creer... no tenía palabras para describir como me sentía, pero lo celebré con mi familia y con mis compañeros como si de una graduación se tratase. Ahora tocaba volver al trabajo y seguir cuidando y estando al pie del cañón dando lo mejor de mí. No iba a ser fácil... me avisaron de que todo había cambiado, que aquel lugar estaba irreconocible y que tenía que estar preparada mentalmente para el choque que me iba a dar al poner un pie nuevamente allí. Había mucho
más personal, turnos de 24 y 12 horas que se alargaban y parecían interminables, pasillos largos inhabitados y salas vacías, abismo. Los tres días posteriores intenté concienciarme de lo que podría ver nada más llegar allí, pero muy lejos de la realidad....

Silencio
Miércoles, 23 de abril de 2020. El que avisa no es traidor, y a mi le avisaron varias veces antes de volver. Iba a reincorporarme con mucho respeto y mucho miedo. No quería hacer nada mal, no quería cometer ningún fallo y volver a contagiarme o, lo que es peor, que por mi mal hacer se contagiase alguien y muriese. Nada más llegar a la residencia no ves nada ni a nadie... solo vacío y un silencio ensordecedor. Lejía que inhalas constantemente, trajes que parecen espaciales uno encima del otro y que te hacen sudar, mascarillas con las que te cuesta respirar y acabas con dolor de cabeza por inhalar tu propio CO2 y con heridas en las orejas y en la nariz, capas de guantes con los que te cuesta sentir el tacto de tu piel con las cosas o las personas a las que tocas, gafas o mamparas que se empañan y te impiden ver con claridad... esa es la guerra sin armas en la que vivimos actualmente y en la que miles de sanitarios luchan día tras día para ver su recompensa, que ya no es el dinero ni los aplausos de cada día a las 8 de la tarde, sino el frenar los contagios y las muertes de los más vulnerables.

Los residentes están en sus habitaciones, viendo la tele, hablando con sus familiares por teléfono o videollamada, algunos atrevidos salen a la puerta a jugar a “Quien es quien” y a intentar adivinar quién somos por nuestra manera de andar o nuestra voz, ¡son buenos! Cuando llego a mi casa, me toca enfrentar otra batalla similar a la que enfrento en mi trabajo... y es que aun habiéndome recuperado de la enfermedad sientes terror en pensar que puedes haber traído el bicho de fuera a tu casa.

Silencio
Lunes, 27 de abril de 2020. Ahora, recapacitando y echando la vista atrás pienso en que ningún ser humano podría pensar alguna vez en su vida lo que el futuro le deparaba. La situación actual le viene grande a todo el mundo. Al igual que cuando a alguien le diagnostican cáncer, tu vida cambia por completo y te sientes muy perdida... es normal y comprensible. Solo hay que dejarse ayudar, escuchar a los demás e intentar llevarlo lo mejor posible, haciendo lo correcto. Me encanta mi trabajo, nunca me cansare de decirlo.

Por muy duro que haya sido el día, es reconfortante ver como la situación poco a poco se estabiliza y va volviendo a la normalidad. Los abuelos están mejor anímicamente y se les ve más esperanzados y eso te llama de alegría. Juntos, formando piña, conseguiremos combatir al virus y de aquí a unos años lo recordaremos con orgullo y satisfacción y nos aplaudiremos a nosotros mismos sentados en nuestra terraza favorita o mirando hacia el horizonte desde la catedral de la ciudad a donde algún día deseamos ir o desde la orilla de alguna playa paradisiaca donde nos gustaría estar ahora mismo.

El mundo se paró un sábado 14 de marzo, aunque para algunos ya llevaba parado meses atrás; pero cuando se vuelva a reanudar será increíble y habremos aprendido muchas cosas; entre ellas, a valorar lo realmente importante en esta vida y a ser más felices de lo que ya nos creíamos que éramos.

Autor: TANIA CARRALERO MONTOYA, enfermera

 

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